‘Outrage': La venganza de Takeshi Kitano

| 1 noviembre, 2012 | 0 Comentarios

Takeshi Kitano, en su última película Outrage

Takeshi Kitano, en su última película Outrage

Todo cineasta tiene derecho a evolucionar. El mismo que a buscar nuevas historias y formas de expresión, experimentar a fin de cuentas. Esto del cine es más difícil de lo que parece. Y no hablo de lograr financiación para levantar una película, sino, simplemente, de lograr hacer buena película, de convencer a la audiencia.

Por estas fechas, dos de los mejores cineastas vivos han estrenado en España dos películas muy distintas, pero que suponen un nuevo punto de inflexión en sus respectivas carreras. El canadiense David Cronenberg nos ha presentado la difícilmente clasificable Cosmópolis, que bien merece una reseña aparte, y el japonés Takeshi Kitano Outrage, que ha sido fácilmente clasificada por la mayoría de medios especializados como el regreso del polivalente artista (pintor, escritor, cómico, director…) al cine de yakuzas, el equivalente nipón al subgénero mafioso.

Pero para entender y abordar como se merece esta película (cuya secuela fue proyectada, por cierto, en Sitges 2012) deberíamos situarla en el justo contexto creativo de la obra de Takeshi Kitano. No sería descabellado afirmar que la madurez de su cine llegó entre los años 1997 y 2003. Es decir, entre Hana-bi (Flores de fuego) y Zatoichi. Flores de fuego supuso el paso adelante tras una serie de brillantes trabajos en los que, a su manera, emulaba el trabajo de autores como Robert Bresson y Jean Pierre Melville.

Takeshi Kitano en Brother con Omar Epps y Claude Maki

Takeshi Kitano en Brother con Omar Epps y Claude Maki

Cintas tan memorables como Sonatine o A Scene at the Sea, donde el pesimismo, la puesta en escena elegante y minimalista, así como la emoción contenida y unos estallidos de violencia tan medidos como desasosegantes, convirtieron al por entonces consagrado cómico televisivo (popular en España gracias a Humor amarillo) en un cineasta a seguir.

Por supuesto, fue cosa de unos cuantos años el que lograra ganarse el respeto de buena parte de la audiencia. Aún recuerdo aquella proyección de Sonatine en el imponente Auditori de Sitges (año 1994), con abucheo y pataleo de la mayor parte de una escasa audiencia. Nada que ver con las abarrotadas y entusiastas proyecciones de Dolls y Zatoichi (premio del público incluido para la segunda) en esa misma sala y durante el primer lustro del siglo XXI. Las vueltas que da la vida.Una historia parecida hasta cierto punto a la del Clint Eastwood director, el que comenzó a ser tenido en cuenta hacia finales de la década de los 80 con Bird, cuando varios críticos de cine pasaron por alto sus prejuicios ideológicos para mirar con objetividad al cineasta, que ya tenía más de una obra maestra en su haber como El aventurero de medianoche (1982). El cine de Kitano fue descubierto tarde por la mayoría de sus actuales seguidores. Pero hasta ahí ningún problema.Tras encontrar una voz realmente propia y encadenar una joya tras otra (Hana-bi, El verano de Kikujiro, Brother, Dolls y Zatoichi), Kitano reapareció con Takeshis’, su muy particular 8 ½ de Fellini. Qué demonios, si Woody Allen plagió tranquilamente a genio italiano con Stardust Memories (Recuerdos), psiconalizando al director, reflexionando sobre la fama y la temática de su cine, así como el impacto que todo ello tenía en sus propias relaciones personales, por qué

Takeshi Kitano en Sonatine (1993)

Takeshi Kitano en Sonatine (1993)

no hacer lo propio en su siguiente trabajo, una vez coronada una carrera de éxitos comerciales y de prestigio internacional avalado por numerosos festivales de cine. Takeshis’ marca el inicio de la tercera fase de su obra. Una que habíamos atisbado brevemente en los 90, cuando Kitano dejó a un lado el drama, la violencia y el cine depresivo con Minnâ-yatteruka! (1994), esa comedia bufa y surrealista, deudora hasta cierto punto de su carrera televisiva, pero concebida como una especie de venganza intelectual hacia la misma. Si aquello parecía una terapia de choque contra la depresión, un exorcismo de su faceta como burdo humorista, Takeshis’ fue una terapia total contra sí mismo, contra el encasillamiento; un experimento más apto a fin de cuentas para el propio cineasta que para el espectador.

Y no satisfecho con esa reflexión sobre los temas y personajes, sobre el fondo y la forma de su cine anterior, su siguiente trabajo, Kantoku Banzai! (Oda al cineasta), era un enorme chiste, una nueva comedia bufa y desconcertante reflexión sobre su figura, sobre el endiosamiento y la mitomanía. Un puro cachondeo que algunos definieron como su sentencia de muerte como cineasta.

Sin duda, podría figurar entre sus peores trabajos, pero la progresión no dejaba de ser lógica para alguien abiertamente sensible a la mejora y la reinvención como artista. Ahora bien, consciente del rechazo de sus fans a estos dos trabajos rupturistas y voluntariamente antipáticos, el director optó por darle al público lo que pedía: un retorno al cine que más premios, aplausos, taquilla y adeptos le ha granjeado, el cine de yakuzas. Pero si uno sabe mirar entre líneas, no tarda en identificar de nuevo al desencantado director de los dos anteriores trabajos. Ahora, eso sí, al servicio de la audiencia.

¿Estamos ante una nueva fase? ¿O estamos ante la siguiente entrega de ese nuevo Kitano, sólo que con un disfraz comercial para no desaparecer del mapa definitivamente? Mucho nos tememos que la citada secuela confirme la llegada de esa tercera fase. Una en la que el creador parece haberse rendido y acomodado.

Takeshi Kitano en Zaitochi (2003)

Takeshi Kitano en Zaitochi (2003)

Aunque no le vamos a negar al maestro una evidente y seductora socarronería, porque Outrage, aparte de confirmar una nueva predilección por un cine formalmente más descuidado, también se descubre como un ejercicio de consumada misantropía. Una profunda aversión a todos y cada uno de los personajes que forman parte de la misma que nos invita a suponer que Kitano se está vengando de sus fans y admiradores, de esa audiencia que no ha entendido su grito de socorro artístico. Y lo hace con una suerte de vómito cinematográfico en el que descarga su ira contra el género de yakuzas, en el que no hay asidero posible entre tanto indeseable.

Algo así como fue la brillante sexta temporada de Los Soprano, donde su creador, David Chase, harto de que le exigirán, demandaran, suplicaran una nueva temporada, cerró el quiosco con una demoledora visión de todos sus protagonistas. Si en anteriores episodios, Tony Soprano y los suyos eran retratados como cercanos seres humanos, con sus zonas oscuras y luminosas, en la última tanda de capítulos los retorcía hasta producir náuseas entre la audiencia. Aquí no había nada que valiera la pena rescatar, sólo un puñado de gentuza cuyo destino debería importarnos tanto como la basura que sacamos a diario de nuestros hogares. Y ese es el mensaje de Outrage. No hay historias de amor, dilemas morales, honor, camaradería… sólo chusma.Kitano escupe así a la cara de su audiencia. Y la respuesta, aunque no tan cálida como en anteriores ocasiones, ha permitido que ruede la primera secuela de su carrera. Una secuela que el que firma esto no ha podido visionar aún, pero de la que se dice que es el trabajo más violento de su carrera. ¿Resistiremos el siguiente salivazo?

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