Premios en el Festival de la Presencia Autóctona de Montreal para el cine que cimenta la tradición y el vínculo con el futuro

| 6 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de Winter in the blood, ganadora del Grand Prize Teueikan

Fotograma de Winter in the blood, ganadora del Grand Prize Teueikan

Desde fuera se construyen los mitos que, con el paso de los años, han ido tejiendo historias que se han enraizado en nuestra imaginación. Reconstruir la realidad es una labor compleja que encuentra en el lenguaje cinematográfico una eficaz herramienta de transmisión para prevalecer, para impactar, para difundir. Elevar la voz y hacer visibles estas realidades, las múltiples que componen tantos pueblos indígenas como existen hoy día, es la labor que subyace al Festival de la Presencia Autóctona de Montreal, que celebra estos días su 23ª edición.

Documentales fundamentalmente y ficción, casi en un 50%, se encargan precisamente de esta labor de consolidación de la identidad de una cultura ancestral sin la cual sería difícil entender por ejemplo la historia del continente americano. En una cita en la que a diferencia de otros años, no ha habido presencia de la animación, las producciones más destacadas han conseguido emocionar al público, saltar de la pantalla hasta el patio de butacas para buscar el diálogo y el consenso en los debates posteriores a las proyecciones de la mano de los propios autores de las cintas y los espectadores.

Si bien el de la Presencia Autóctona es un festival minoritario por lo singular y porque no maneja los presupuestos de otros más reconocidos, es una cita imprescindible a nivel internacional en lo que a cinematografía se refiere: la que está vinculada a los pueblos indígenas. Imprescindible también por cuanto es capaz de aunar grandes producciones con cine experimental y de autor, presupuestos diversos que no afectan a la calidad de un cine único.

Es el caso de la ganadora del Grand Prize Teueikan, “Winter in the blood“, una cinta que firman Alex y Andrew Smith y que está basada en la primera novela de James Welch (un poeta , ensayista y guionista nativo americano). Protagonizada por Chaske Spencer, David Morse y Julia Jones, y con el sello de la selección oficial del Festival de cine de Los Angeles, “Winter in the Blood” se ha distinguido por “llevar a la pantalla, con valentía y fidelidad, una gran obra que marca el florecimiento de la literatura amerindia contemporánea.” Un film que ilustra el recorrido errático de un héroe afligido, abordado desde la distancia pero con ironía y proximidad emocional. Una película donde el realismo se combina con una odisea terapéutica donde los espectadores comparten la angustia del protagonista. Una producción que bebe de las películas americanas clásicas pero que mantiene una identidad propia donde se mezclan humor e inteligencia. Un film que te arrastra en el torbellino devastador que aúna por un lado las imágenes más tradicionales del sueño americano con los problemas que acucian a muchas de las poblaciones autóctonas donde el desarraigo, la inadaptación, el alcoholismo hace estragos.


El segundo premio ha sido para la producción alemana “Heart of Sky, Heart of Earth“, un documental de autor que ha sido destacado por  su carácter lírico, por mantener el centro en lo importante: hombres y mujeres reales, humildes, que llevan a su vida cotidiana la herencia de un legado antiquísimo, su sabiduría, su cosmovisión. A través de las vidas de estas personas, los espectadores podemos llegar a tener la visión de una civilización Maya prodigiosa, donde se conectan las visiones proféticas del cambio del ciclo cósmico, más que del fin del mundo. Sin duda ha sido una de las producciones más destacadas que se ha distinguido también con el Premio al Mejor Documental y el Premio a la Mejor Fotografía.

La cultura, como señala el Jurado del Festival, es también una forma de ver. La exploración de este punto de vista y mostrarlo a través de las imágenes es, desde luego, un gran desafío que se agudiza cuando añadimos elementos adicionales como la filmación desde el aire o de los fondos marinos, el corazón de la selva o las grutas en las que se trata de mostrar el espíritu ancestral de los mayas. Una producción que destaca especialmente por la belleza con la que retrata los paisajes: humanos, animales, naturales para dar a entender la unidad armónica del universo y proporcionar a los que estamos al otro lado de la pantalla, una experiencia sensorial sumergidos en la cosmovisión maya de las poblaciones indígenas de Guatemala y México, una visión  no deformada del espíritu vivo de las culturas indígenas de las Américas.

La reivindicación, una de las señas de las producciones que se exhiben en el Festival, promovidas aún más este año por el movimiento “iddle no more” también se ha visto destacada con el premio Rigoberta Menchú: la producción estadounidense “Gold Fever” consigue el Gran Premio por su capacidad para mostrar cómo la sociedad norteamericana, impulsada por la excesiva ambición, cierra los ojos ante las actividades de las grandes empresas mineras; por su retrato convincente de las mujeres valientes que defienden los derechos territoriales del pueblo maya. La sed del oro que se lleva por delante pueblos, gentes, tradiciones en pos de un valor cotizado en la Bolsa pero que acarrea la pobreza de los más desfavorecidos.

El Segundo Premio Rigoberta Menchú se lo ha llevado “Point de Fuite” de Stephen A. Smith y Julia Szucs, por su capacidad para retratar la belleza de acuerdo con los cuentos de los fundadores de la nación Inuit, para dar voz a Navarana, el descendiente directo del gran chamán, para lograr el llamamiento a las fuerzas de la tierra y el cielo que se presentan hoy como focos capaz de iluminar el camino hacia el futuro.

Entre los destacados del jurado, sobresale “Fuimos Gigantes“, de Victor Navarro, como la excepción a un festival donde en esta edición, no ha habido representación de animación. Un documental que se sirve  de un uso no convencional de la animación para enfatizar algunos aspectos de la historia, inspirada tanto en lo tradicional como en lo cristiana, incorporando esa parte gráfica a la historia de la región de Sonora, por su capacidad de trasladar la imaginación colectiva amerindia al lenguaje cinematográfico.

En el centro de la ciudad de Montreal, a pocos pasos de donde late el jazz más famoso a nivel mundial, siguen abiertas las puertas de la Cinemateca Quebequesa. En estos 23 años, se han ido sumando muchas historias, muchos minutos de relatos firmados por los pueblos autóctonos que quedan emplazados un año más, a convocar lo mejor de cada país en esta cita internacional sin comparación que ya se prepara para una nueva edición.

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