Philippe Guillard, director de ‘Mi Hijo y yo': “le eché morro y fui director”

| 3 abril, 2012 | 0 Comentarios

Philippe Guillard director de 'Mi hijo y yo

Philippe Guillard director de 'Mi hijo y yo

El director francés Phillippe Guillard curtido como ex jugador de rugby y afamado comentarista deportivo en el país galo, se ha tirado a la piscina dirigiendo el que es su primer largometraje como director Mi hijo y yo que llega este miércoles a nuestras pantallas de toda España. Guillard también escritor y colaborador de los guiones de las películas de Fabien Onteniente desde 2001 nos cuenta en la siguiente entrevista cómo le ha resultado la experiencia de ponerse detrás de las cámaras y tratar el mundo del deporte desde el punto de vista de un cineasta ante su ópera prima.

PREGUNTA: ¿Cómo nació la película?

Cuando estaba escribiendo el guión de 3 zéros con Fabien Onteniente, en 2001, los productores de la película me pidieron un guión sobre el rugby. Como en esa época tenía un poco de morro, les dije que tenía una idea de película pero que también quería ser el director. En ese momento, también se creó un contacto con Gérard Lanvin. Le visité varias veces en La Baule. Me pareció que se parecía a mi Jo Canavaro. Y luego, un día, después de desayunar, le conté la historia. Dos horas después me llamó para decirme que quería hacer la película. Pero mis productores de aquella época se retiraron del proyecto por varios motivos. Pensé que había sido un sueño bonito y guardé mi guión en un cajón.

PREGUNTA: ¿Qué hada madrina le ha permitido rescatarlo?

Ha habido muchas. En primer lugar, Vincent Moscato, que me presentó a Olivier Marchal en 2005. Estaba metido a fondo en Asuntos pendientes, pero había leído Petits bruits de couloir y quería comprar los derechos para adaptarlo al teatro y convertirlo en un espectáculo de una sola persona.

 Durante nuestra cena, aproveché para pasarle Mi hijo y yo. La historia le conmovió, y nos quedó pendiente hasta que en 2008, algo cansado de hacer cine negro, me llamó y me dijo que quería releer mi guión. Tres horas después de habérselo pasado, me llamó: quería realizarlo. Mientras tanto, durante la película Disco, nació una amistad con el productor Cyril Colbeau-Justin, el productor de Olivier desde siempre y que desde nuestra primera reunión me animó a realizar mi primer largometraje. La conexión entre todos estos “hermanos mayores” se dio así. Por fin iba a hacerse la película. Estaba tan feliz que iba abandonar mi sueño de llevarla yo mismo a la pantalla

PREGUNTA: ¿Qué hizo cambiar las cosas?

 Una noche les conté a Olivier y a Cyril la génesis del proyecto, mi encuentro con Gérard y cómo veía la película. Entonces, Olivier me dijo: “tienes que dirigirla tú, si no te arrepentirás toda la vida. Nosotros la produciremos”. Era medianoche, y pensé que empezaban los problemas.

PREGUNTA: El rugby ocupa un lugar importante, pero ¿lo considera el tema principal?

Se trata solamente de amor. El de un padre torpe que no comprende a su hijo, pero por el que siente una ternura infinita. Y también el amor fraternal de los chicos, sin familia, unidos y reunidos por el rugby.

PREGUNTA: ¿Cómo se preparó para dirigir su primer largometraje?

Como para un combate. Era consciente de que me encontraría en territorio desconocido. Por lo tanto, era necesario que, en las áreas que podía dominar, estuviera al máximo. Gracias al storyboard que hice yo solo encerrándome 15 horas al día en una habitación de hotel en Conques, y al trabajó de prerealización con el operador en jefe, sabía exactamente dónde pondría la cámara en cada escena, lo que me ha permitido distanciarme de la técnica durante el rodaje para estar más cerca de los actores. Lo necesitaba. Creo que casi nunca me he sentado en la silla que se me había asignado, la que lleva escrito “director”. Me parecía que no me merecía ese título.

PREGUNTA: ¿Cuáles eran, para usted, las trampas que había que evitar?

Sobre todo no intentar contar esta historia integrándola en el contexto del rugby de alto nivel. A no ser que se cuente con los medios de Oliver Stone en Un domingo cualquiera, era un suicidio seguro. Al elegir rodar a los chicos, me deshacía de toda referencia cinematográfica, y le daba credibilidad al tema. No quería caer en el tópico del rugby como deporte del Oeste, casi en el mismo saco que el foie gras. Por eso los acentos son muy discretos. Aunque rodamos en el Tarn, también elegí un rincón que no regionaliza demasiado la historia, que parece el centro de Francia, para llegar a todo el mundo.

PREGUNTA: ¿Qué ha sido lo más difícil?

Encontrar a Tom. Hacía falta un chico que inspirase ternura y que mostrase una herida, ya que el personaje nunca ha conocido su madre. Nos tomamos nuestro tiempo, hicimos castings en Toulouse, en Montpellier y en París. Terminé seleccionando a cuatro chicos. Jérémie Duvall no era uno de ellos. Fue la directora de casting la que me aconsejó volver a verle. Cuando le pedí que me contasen el momento más hermoso y el más duro de su vida, tuve la sensación de que ese chico cargaba con un pasado, que tenía cierta densidad. Reía, lloraba. Era hermoso. Se parecía a Lanvin. Era lo que yo buscaba.

PREGUNTA: Las mujeres están en segundo plano. ¿Por qué?

 Es cierto, pero no habría conseguido mi objetivo si las hubiese puesto en primer plano. Ponen de relieve la fragilidad de los hombres. Espero llegar al corazón de las mujeres a través de estos tipos un poco osos, tiernos, solos, perdidos. Es una historia de hombres para las mujeres que aman a los hombres.

PREGUNTA: ¿Hasta qué punto su pasado de jugador de rugby le ha ayudado en el rodaje?

El rugby y el cine son dos deportes colectivos. Dos tipos de aventuras humanas en las que la gente se embarca en un barco que hace un largo recorrido. Todos los miembros del equipo eran competentes, sólo tuve que hacerles trabajar juntos. Me preocupaba que todo el mundo estuviera contento de estar allí, que todo el mundo estuviera sonriente al llegar por la mañana y al marcharse por la noche.

PREGUNTA: ¿Cómo lo consiguió?

 En el equipaje metí una pelota de rugby de la marca Gilbert, que también es el nombre de mi tío preferido, era una forma de tenerle cerca. Ese balón se convirtió nuestra mascota. No dejó de circular de mano en mano. Técnicos, actores, chicas y chicos ensayaban los pases cortos, los pases largos. Todo el mundo jugó, todo el mundo tocó el balón. Formamos un gran equipo de rugby de 50 personas…

PREGUNTA: ¿Es una película autobiográfica?

Nunca he tenido ese tipo de relación ni con mi padre, ni con mi hijo, que juega a fútbol. Pero un día, acompañándole a un partido presencié una escena a la vez patética y cómica en la que un padre se dedicaba a regañar a su hijo, portero, porque había cometido un error imperdonable. Ahí estaba mi tema. Tom desespera a Jo porque no es bueno en un deporte en el que él, y su padre antes de él, habían sido de los mejores. El rugby es un deporte de familia, donde se pasa el balón de una generación a otra. Los hijos de las estrellas del fútbol no juegan con su padre, en el rugby, sí.

PREGUNTA:  Esta película respira nostalgia. ¿Es también una característica de los jugadores de rugby?

 Siempre va con nosotros. Se trata de la ocasión de recordar que lo que somos se sostiene únicamente por lo que hemos sido. Pero yo en concreto soy de una naturaleza particularmente nostálgica. El futuro no me emociona, ni siquiera sé si voy a estar. En casa tengo cajas llenas de nostalgia. Lo guardo todo. Los billetes de metro, las agendas, hasta las cintas del contestador automático desde 1984 a 1990, cuando jugaba en el Racing. Cuando vuelvo escuchar los mensajes, las voces, toda esa juventud loca me vuelve directamente a la cabeza, revivo ese pasado en directo.

PREGUNTA: ¿Se da cuenta de que esta primera película le da un punto en común con Clint Eastwood?

Con la gran diferencia de que él cuenta con varios Oscars. Yo tengo solamente un Gérard. Que tampoco está tan mal.

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