‘Whiplash’: tócala otra vez, Sam

| 14 enero, 2015 | 0 Comentarios

Fotograma de Whiplash

La fama cuesta, pero J. K. Simmons lo tiene fácil para llevarse el Oscar por su papel en ‘Whiplash’

Damien Chazelle dice haberse nutrido de su propia experiencia como baterista en sus años de instituto para dar forma a su segundo largometraje, una prematura y equivocada vocación que le trajo por la calle de la amargura por culpa, entre otras cosas, de un profesor muy estricto. Pese a esta supuesta fuente de inspiración real, en Whiplash hay más espectáculo que verdad; más reinterpretación, en clave hiperbólica, de viejos arquetipos cinematográficos que personajes de carne y hueso. El malnacido interpretado por J. K. Simmons –papel por el que parte como favorito en la categoría de mejor actor secundario en la próxima ceremonia de los Oscar–, no es más que una versión aumentada, una mutación ultrahormonada de esos docentes o instructores convencidos de que la letra con sangre entra que poblaron el cine de los 80, con Oficial y caballero o La chaqueta metálica como ejemplos más evidentes. Para Chazelle más es más, por mucho que sus criaturas busquen como si les fuera la vida en ello esa sutil diferencia que define un tempo correcto de otro.

En Whiplash, lo único mínimo es su historia. Andrew Neiman (Miles Teller) sueña con triunfar como batería de jazz. Cuando el prestigioso profesor Terence Fletcher (J. K. Simmons) le escoge como suplente del mejor conjunto del Conservatorio de Música de la Costa Oeste, la obsesión de Andrew por ser el mejor empieza a rozar la temeridad, alimentada por los discutibles y sádicos métodos de enseñanza del docente. Las continuas zancadillas que Terence le va poniendo y cómo el joven las va superando, dejando –literalmente–  por el camino sangre, sudor y lágrimas, configuran un trabajo que se estructura como una sucesión de efectistas y cada vez más increíbles duelos entre maestro y alumno.

Fotograma de Whiplash

Miles Teller no tiene tiempo para el amor en la última película de Damien Chazelle

Aunque la película se pueda leer subterráneamente como un estudio sobre la idoneidad de la disciplina extrema como creadora de genios, en Whiplash, como en la música, todo es forma, y el contenido, secundario. Chazelle sabe que, al tener entre manos una partitura demasiado conocida para el público, es en el modo de tocarla donde puede marcar la diferencia. Con un prodigioso montaje y sentido del ritmo que parece imitar los frenéticos baquetazos del protagonista, el filme es una espectacular sinfonía, donde la repetición y el golpe de efecto le sirven a su director para ensordecer el vacío que se esconde detrás de un ejercicio estilístico tan disfrutable sensorialmente como poco creíble narrativamente. Chazelle se la juega manteniendo casi toda la historia en un tono tan alto que, cuando llega el operístico final, que busca con, nunca mejor dicho, bombo y platillo la ovación del palco, corre el riesgo de que uno esté ya demasiado agotado para aplaudir.

Tags: , , ,

Category: Críticas, Destacados

Deja un comentario