Una casa en Córcega: La sencillez de una ópera prima

| 22 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de Una casa en Córcega del director Pierre Duculot

Fotograma de Una casa en Córcega del director Pierre Duculot

En ocasiones, las mejores historias provienen de las personas que llevan vidas sencillas. Esas narraciones exentas de pretensiones; sin filigranas ni edulcorantes de ningún tipo. Aquellos planteamientos que buscan la identificación del espectador por su sinceridad y su cercanía. No es necesario tener que salvar al planeta Tierra de su destrucción o atrapar a los malos de siempre para que una película nos entretenga. La afluencia de público en los cines decide tanto el éxito como el fracaso económico de los films, pero la calidad de las obras permanece impregnada en cada una de sus secuencias, independientemente del número de entradas que se han pagado para ver la película.

Una casa en Córcega es uno de esos casos paradigmáticos de película de bajo presupuesto y de escasas aspiraciones comerciales. Sin embargo, la cinta llega a España con dos años de retraso después de haber conseguido el Premio del Público y el Gran Premio en el Festival de Amiens, avales que le otorgan el derecho de colarse en nuestra cartelera como película independiente de gran calado emocional. El belga Pierre Duculot, periodista, profesor y productor de documentales reconvertido recientemente en realizador, nos presenta una historia en la que se respira una sencillez que traspasa la gran pantalla, haciendo partícipe a un público que se deja llevar por un ritmo marcado de forma plácida hasta su desenlace. Todo de bella factura.

La actriz Christelle Cornil en una imagen de Una casa en Córcega

La actriz Christelle Cornil en una imagen de Una casa en Córcega

Christelle Cornil interpreta a la protagonista de la historia, Christina, una joven camarera inmersa en una vida plagada de monotonía y aburrimiento. Parece que la chica es incapaz de encontrar la felicidad en medio de los edificios de la gris Charleroi, con un novio y una familia que delimitan los límites de una existencia con pocas luces y muchas sombras. Todo cambia con el fallecimiento de la abuela de Christina, pues en su testamento la joven hereda una casa que la anciana tenía en Córcega. La sorpresa es general entre los miembros de su familia, ya que nadie conocía el paradero de esa vivienda. Movida por una enorme curiosidad, la joven decide visitar su nuevo hogar en un remoto pueblo de la isla. Las razones que albergó su abuela para mantener esa casa en secreto se convierten en la prioridad de Christina, que inicia un viaje en el que acaba por descubrirse a sí misma en un paraje agreste, alejado del aire viciado de la ciudad y de las influencias de su familia.

La ópera prima de Duculot, una coproducción franco-belga, tiene una cadencia relajada y pausada, la que requiere una historia ambientada en parajes tan bucólicos. La belleza del enclave geográfico donde se desarrolla gran parte de la trama es tan abrumadora que quita el hipo. El entorno rural que rodea la destartalada casita de la protagonista adquiere una relevancia vital para la película. La bruma matinal que cubre la campiña y las frondosas montañas donde se encuentra el pueblo se relacionan como un personaje más. Los silencios hablan por sí solos en un relato donde escasean los diálogos. El sonido de la naturaleza se comunica con Christina y con el público, por eso las palabras sobran. El director consigue trasladar al espectador esa sensación de pureza con planos sencillos, nítidos. El uso de cámara en mano ofrece una realismo que genera el impacto deseado, en el que acompañamos a la protagonista en cada una de sus secuencias como si formásemos parte de su vida. Pegados a ella.

A medida que se sucede la historia, Christina va encontrando su sitio en el recóndito pueblo de la isla. Los recuerdos que descubre de su abuela y los lugareños que va conociendo le abren un camino que aún no había transitado, un sendero que Christina decide emprender para dejar al margen una vida que la incomodaba. La joven desoye los consejos de su familia, que la insta a vender la casa, y empieza a reformar la vivienda. Los apaños de la casita simbolizan la reparación de su propia existencia; apartar lo viejo para dar paso a lo nuevo. La evolución de Christina se expone ante el público de manera delicada, como un proceso de introspección personal que Duculot refleja con ausencia de adornos. Con la misma modestia que rezuma la película.

La narración no sufre alteraciones violentas o inesperadas; es puramente lineal, sin cambios bruscos. Y tal vez por eso Duculot ha pecado de precavido al haber escrito un guión demasiado prudente, sin ánimo de querer arriesgar con puntos de giro sorpresivos. Por eso el final se huele a leguas desde el principio de la película, pero aún así, uno se deja mecer por la tranquilidad de la historia hasta su desenlace.

Christelle Cornil interpreta a un personaje con dudas y miedos, tan humano como lo podemos ser cada uno de nosotros. A medida que transcurre la historia, Christina empieza a tomar ciertas decisiones que la infunden de coraje, dejando a un lado las reticencias de una vida que la hace sentir vacía. Es encomiable el trabajo de la actriz, que lleva el peso de todas las secuencias de la película con gran aplomo. El resto de personajes orbitan alrededor de Christina sin que su director ahonde en ellos, dejándolos un tanto planos, eclipsados por las vicisitudes de una Cornil cuya notable interpretación nos convence desde el principio.

No se trata de ningún peliculón; tampoco deja huella. Uno no llega a su casa dándole vueltas al relato, sin podérselo quitar de la cabeza como ocurre con aquellas pelis que realmente hacen mella en el interior de cada uno. Pero sí que deja un buen sabor de boca, y vale la pena paladearla sin prisa para poder extraer lo mejor de ella.

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Category: Críticas, Destacados

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