‘Un plan perfecto': sin la garantía de los hermanos Coen

| 11 febrero, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de 'Un plan perfecto'

Cameron Diaz y Colin Firth protagonizan ‘Un plan perfecto’

Aunque muchos ya estamos curados de espanto con las frases-anzuelo tipo  “De los creadores de” o “Con el actor ganador del Oscar” que adornan los carteles promocionales de las películas, este supuesto sello de calidad puede ser bastante persuasivo para convencer de las bondades de un filme a los espectadores más despistados. En el caso de Un plan perfecto, es la labor de los hermanos Coen como guionistas lo que se presenta, en principio, como garantía de que vamos a ver un  producto aceptable. Nada más lejos de la realidad.

Al igual que hicieron con The Ladykillers, otro ejemplo de que ni ellos son infalibles, los directores de No es país para viejos parten de un material de segunda mano y escriben este desangelado remake de Ladrona por amor, una comedia de los años 60 que fue protagonizada por Michael Caine y Shirley MacLaine. En Un plan perfecto, Colin Firth interpreta a Deane, un experto en arte que busca vengarse de su jefe (Alan Rickman), un excéntrico millonario que no desaprovecha ninguna oportunidad para humillarle. El plan maestro al que hace referencia el título consiste en convencer a su despótico patrón de que compre un falso Monet. Para dar el golpe, cuenta con la complicidad de la propietaria de la falsificación, una alcohólica reina del rodeo tejana que lleva el rostro de Cameron Diaz.

Fotograma de 'Un plan perfecto', con Alan Rickman

Alan Rickman en un fotograma de ‘Un plan perfecto’

Si los Coen han demostrado anteriormente su talento para reinventar géneros como el cine negro o el western, en esta ocasión se muestran incapaces de insuflar vida a una comedia de enredo que no se salva ni como inconfeso homenaje a las películas de Peter Sellers. El arranque, con unos títulos de créditos animados al más puro estilo de La Pantera Rosa, parece trasladarnos al cine de Blake Edwards, un guiño que podría tener su gracia si el resto del filme no pareciera estar embalsamado en formol.

No hay actualización, ni nada mínimamente interesante como una irónica lectura camp que justifique esta vuelta a una fórmula más que superada. Ya puestos a imitar sin más, el director Michael Hoffman podría haber tomado prestada la elegancia de Edwards, pero su puesta en escena está desgraciadamente en sintonía con el humor de brocha gorda que embadurna toda la historia. Sirva como máximo exponente del carácter demodé del proyecto el que se supone que es el momento más hilarante de Un plan perfecto: un Colin Firth en calzoncillos trepando por la fachada de un hotel. Innovación pura. Ni siquiera de algo tan fácil como el choque cultural entre una vulgar tejana y un flemático inglés sale algo genuinamente divertido.

La cinta avanza a trompicones con un desconcertante tono que pasa del enredo a la caricatura, de la sátira a la comedia romántica, mientras uno se pregunta dónde está la gracia. Todo está tan mal dibujado que nos gustaría creer que alguien ha falsificado la firma de los Coen.

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