“Transformers: La era de la extinción”: Bay Syndrome

| 29 julio, 2014 | 0 Comentarios

Perdidos, desconcertados, sin ideas, inexpresivos... así son los protagonistas de Transformers.

Perdidos, desconcertados, sin ideas, inexpresivos… así son los protagonistas de Transformers.

Lo confieso. Soy un alma cándida. No quise leer esas críticas incendiarias, ni presté atención a las advertencias de los más curtidos. Así que volví a tropezar con la misma piedra. De alguna manera, me había reconciliado con Michael Bay el año pasado, cuando disfruté, y mucho, su delirante comedia negra Dolor y dinero, esa especie de The Coen Brothers meets Michael Bay inspirada en hechos reales. Parecía que el responsable de abominaciones como Dos policías rebeldes tenía algo que decir y, lo que es más importante, de contarlo de manera interesante a pesar de su tendencia al exceso audiovisual. Ese estilo inconfundible que le ha valido con toda justicia la etiqueta de autor, mal que le pese a muchos. No en vano, el prestigioso sello videográfico Criterion llegó a editar dos de sus más discutidos blockbusters, colocándole entre un selecto club de cineastas en el que figuran nombres como Bergman, Fellini, Bresson, Kubrick o Tarkovski. Y ahí en medio el bueno de Bay. Viva el eclecticismo.

Su cuarta entrega de Transformers es toda una declaración de intenciones. Parece hecha por una especie de Javier Sardá hollywoodiense que grita a los cuatro vientos: ¿Queréis vuestra mierda? ¡Pues ahí van dos tazas! Y es que, después de tres entregas prácticamente calcadas entre sí, este nuevo episodio, por mucho que se haya vendido como un nuevo comienzo, con un reparto diferente, etcétera, es más de lo mismo. Y la prueba es la descomunal taquilla internacional que ha logrado amasar en apenas tres semanas desde su estreno. Aproximadamente mil millones de dólares. Cifra que superará sin problemas cuando llegue el mes de agosto. ¿Qué le puede importar a Paramount la calidad cinematográfica de su nuevo fenómeno de masas? Con semejantes números no hay críticos, ni blogueros, ni amantes del séptimo arte que hagan descarrilar esta locomotora de hacer dinero.

El jefe de todo esto. Michael Bay, a la conquista de China.

El jefe de todo esto. Michael Bay, a la conquista de China.

Entiendo que estamos ante un producto eminentemente para niños, pero a estas alturas de mi existencia, sé que en los niños brilla la chispa de la inteligencia desde su nacimiento. Y qué narices, todos tenemos uno dentro (el mío, además se conserva estupendamente). Sin embargo, cada entrega de Transformers es más oligofrénica que la anterior. Lo que me lleva a pensar… ¿nos estamos volviendo todos gilipollas, como profetizó Marty McFly en 1985? Tampoco lo creo, porque si no, una maravilla como El amanecer del planeta de los simios jamás lograría hacer la taquilla millonaria que reúne estos días. La dura realidad es que, ahí fuera, hay decenas de millones de personas que aplauden la fórmula Bay. Una mayoría silenciosa, como le gusta decir a Rajoy, ese perfecto hijo de esta era Transformer, que pide más. Y más. Y más. Y Michael Bay se lo va a dar. Tiene para todos. Tanto, que Tranformers: La era de la extinción dura casi tres horas.

Dos horas y 45 minutos de abultado, interminable e indescriptiblemete aburrido metraje que podría resumirse en Prometheus meets Transformers. Los arquitectos de Autobots y Decepticons se van de cacería interplanetaria para exterminar sus creaciones… porque sí. Mientras tanto, la industria armamentística norteamericana se ha puesto las pilas para aplicar la tecnología de estas máquinas asus últimas creaciones. Y así dan con… redoble de tambores… ¡el Transmorfio! ¿O era Transformio? Sea como sea… mala idea. Vale, os compro lo de los gobiernos peleándose por hacerse con un material que permita transformar sus máquinas de guerra. Un nuevo paradigma en defensa, vamos. Es una premisa con gancho. Pero cuando uno ve el Transformio en acción… Ay. La verdad es que recuerda a un anuncio de Sony Playstation de los primeros dos miles. Esas particulitas flotantes que se unen para construir cosas. De hecho, a estas alturas, que este efecto visual resulte impresentable en una saga cuya entrega anterior, El lado oscuro de la luna, fue un auténtico hito en materia de VFX, demuestra cierto automatismo y falta de interés por parte de sus responsables. O, como dicen algunos a propósito de esta inesperada mediocridad en el resultado, de prisas de cara al estreno.

Optimus Prime, el auténtico protagonista de la película... como siempre.

Optimus Prime, el auténtico protagonista de la película… como siempre.

¿Y qué pinta Mark Wahlberg en todo esto? Pues casi nada, a decir verdad. Si el Dick Van Dyke de Chitty Chitty Bang Bang se hubiera pasado medio siglo levantando pesas sería lo más parecido al excéntrico inventor que interpreta aquí el protagonista de Dolor y dinero.  Y aunque físicamente se parezcan solo en el blanco de los ojos, Wahlberg y Dyke comparten aquí más de un rasgo, como reparar autos considerados siniestro total o vivir sin blanca en una hermosa casa de campo. Y si el del clásico de 1968 tenía dos hijitos, este tiene solo una hija adolescente (Nicola Peltz), toda una chavala del siglo XXI, ojo. De esas que viste día sí, día también, una ceñida braga vaquera (aunque algunos lo llamen shorts).  Su padre, cómo no, se niega a verla crecer, y no sabe que tiene un novio que es un brillante y emergente piloto de carreras (Jack Reynor). Pero ya se enterará, ya… que el chico pasea por allí cerca no vaya a ser que su novia pueda verse amenazada por extraterrestres o amorales agentes gubernamentales (bienvenidos al universo Michael Bay). Cuando a su taller llega un camión que resulta ser un Autobot, la familia se verá inmersa en el fuego cruzado de una doble cacería, porque tanto el Gobierno como los citados arquitectos quieren ponerle las manos encima al ejemplar. Y lo que sigue es pura Biblia Transformer: un correcalles sin orden ni concierto: Una pelea aquí, un crepúsculo publicitario allá, media docena de escenas de acción sin sentido diseminadas por ahí, una ciudad arrasada por acullá (en este caso Hong Kong) y algunos recién llegados a la franquicia, como los Dinobots. Aunque para desgracia de aquellos que disfrutaron con estas creaciones en los tebeos de antaño, una vez más, los artífices del invento, ciñéndose a eso de película basada en la línea de juguetes de Hasbro,  ignoran el bagaje vital, intelecto e ilusiones de la audiencia y reducen estas creaciones a un cameo sonrojante en los últimos diez minutos de la función.

Dinobots, un visto y no visto para la traca final.

Dinobots, un visto y no visto para la traca final.

Podríamos seguir hablando de los otros muchos desaciertos de esta superproducción sin alma y sin cerebro, como ese Steve Jobs de pacotilla al que da vida Stanley Tucci, o los desmadres geográficos que se suceden, uno tras otro, cuando la acción se traslada a China, la descacharrante persecución del imán gigante, la ausencia de cualquier emoción o interés en todos y  cada uno de los minutos de la película… pero todos sabéis perfectamente a lo que os enfrentáis. Y, seamos sinceros, la mayoría pasaréis por taquilla. Ya sea por morbo, por llevar al sobrino al cine, porque quede una semana todavía para el estreno de Guardianes de la Galaxia o porque os hayáis equivocado de sala. Yo también he cumplido el ritual sadomasoquista y me zampé las dos horas y 45 minutos del engendro con sus títulos de crédito incluidos. Porque aquí no hay palabra secreta. No hay forma de parar. Bay es un amo implacable. Castiga y castiga hasta el último fotograma.

Habrá quien diga que aún queda esperanza para esta saga, porque parece ser que el quinto capítulo no va ser dirigido por el creador de Pearl Harbor, y porque quizá no haya más humanos jodiendo la pavana (AVISO DE SPOILER: Los autobots se lanzan al espacio en la última secuencia. FIN DE SPOILER). Pase lo que pase en el futuro inmediato de la serie, a estas alturas es muy difícil borrar el infame recuerdo de la que es, sin duda, una de las peores franquicias de la historia del cine.

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Category: Críticas, Galerías

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