‘The Master': Buscando la fe en Paul Thomas Anderson

| 3 enero, 2013 | 0 Comentarios

Joaquin Phoenix en The Master de Paul Thomas Anderson

Joaquin Phoenix en The Master de Paul Thomas Anderson

Después de cinco años de silencio cinematográfico, ya había ganas de ver el nuevo trabajo de Paul Thomas Anderson. No es para menos. Aunque su filmografía está calculada al milímetro, es poco productiva, y sus trabajos se esperan con devoción. Cada película suya ha sentados las bases de un universo y personalidad propia en la manera de hacer cine. Con Pozos de ambición, rompió las reglas no escritas para colocar una obra maestra de cine clásico americano en el paseíllo del gran cine comercial. Pero con The Master hay que echar el freno de mano en las expectativas creadas, salvo que seas de los incondicionales convencidos de que director californiano es el mesías del cine contemporáneo.

La película arranca con el sello inconfundible de Anderson, con unos soldados construyendo el cuerpo de una mujer con la arena de la playa. Uno simula que le hace el amor mientras el resto de compañeros le jalea. Sale corriendo, se masturba y luego cae abrazado al lado de la efigie de arena. Poética visual indeleble durante todo el metraje del film. El hombre derrotado de la playa es un soldado americano que vuelve a casa tras la Segunda Guerra Mundial. Un juguete roto, destrozado, desequilibrado, con el alma partida por las secuelas bélicas y por una mujer. Sus mayores capacidades para el mundo real son destilar licores que pueden tumbar elefantes y liarse a mamporros con el primero que pase. William Wyler hizo en 1946 un retrato desgarrado de los veteranos que volvían a casa en Los mejores años de nuestra vida. Paul Thomas Anderson le añade retórica visual con un personaje en la frontera de la cordura que encuentra respuesta en un carismático líder religioso.

La película tiene un poderío visual incontestable, pero el principal problema que tiene es el arco narrativo, que es como un queso gruyere exigiendo al espectador completarlo con escasas referencias. Habla de los primeros pasos de la cienciología pero no la menciona. Suponemos que Paul Thomas Anderson llega al límite para no terminar con una demanda de la organización, bastante beligerante con que se informe sobre ella. Su exposición se queda a kilómetros para realizar un juicio moral del sistema de creencias. Al final queda retazos de un débil ideario, en el que sorprende que gane adeptos y da la sensación que Anderson es bastante benevolente con él. Freddie –el personaje principal interpretado por Joaquin Phoenix- está torturado por un amor que no sabe muy bien de donde sale ni que pasó con él. Acaba en el regazo de Lancaster Dodd –papel realizado por Philip Seymour Hoffman- , que supuestamente encarna a Lafayette Ronald Hubbard, fundador de la Cienciología, buscando una guía vital y termina convirtiéndose en su discípulo predilecto. La relación se desarrolla a trompicones con puntos de inflexión omitidos en el relato.

Uno se dejó buena parte de sus neuronas dejándose llevar por el hipnótico cine de David Lynch , que intentó buscar explicación a El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, que se exasperó con La fuente de la vida de Aranofsky y casi echa a correr con El árbol de la vida de Terrence Malick, sólo puede recomendar la película si lo que quieres es un desafío intelectual en el que sabes que vas terminar derrotado. Paul Thomas Anderson se aleja tanto de los referentes del relato que uno termina perdido en la ambigüedad del director. Tiene tantas pinceladas sobre temas profundos: el sexo, la violencia, el sentido de la vida, la veneración…; que quien espere una profunda reflexión sobre los orígenes de la Cienciología quedará apabullado.

Joaquin Phoenix

Joaquin Phoenix

Si el film se sostiene, y por ello merece la pena un visionado, son por las portentosas actuaciones de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. El primero realiza el mejor papel de su carrera dando continuidad a su papel en el falso documental I’m Still Here, en el que se interpretó a sí mismo. Joaquin Phoenix consigue expresar con su actuación la degradación psicológica y física del alcoholismo en una interpretación que transita en la frontera entre la demencia y la cordura. Por su parte, Philip Seymour Hoffman inunda la pantalla con otra lección magistral de interpretación con personaje muy complejo. Transmite el magnetismo que se presupone a un líder religioso con su voz y charlatanería; a la vez que muestra la debilidad de Lancaster Dodd cuando no es capaz de creerse sus propias palabras. Entre los dos se repartirán los Oscar mejor interpretación por su trabajo. Tampoco desmerecen las actuaciones Amy Adams y Laura Dern, en su segundo plano por los dos animales dramáticos, pero consiguen robar algún plano.

También destaca la banda sonora compuesta por el guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood. Con su música es capaz de llenar los enormes agujeros argumentales que tiene la película intentando darle sentido emocional. Jonny Greenwood demuestra su versatilidad musical e instrumental con composiciones de música clásica, a las antípodas de su trabajo con su grupo.

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