“The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro”: Muerte por sobredosis

| 9 abril, 2014 | 1 Comentario

Bajo la máscara, Andrew Garfield, uno de los pocos aciertos de The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro.

Bajo la máscara, Andrew Garfield, uno de los pocos aciertos de The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro.

Y llegó el jarro de agua fría. Esto era demasiado bueno para ser verdad. Un 2014 con un hito del subgénero superheroico como Capitán América: El soldado de invierno y un producto tan prometedor (y al parecer tan satisfactorio, según adelantan algunos empleados de las casas de efectos visuales que trabajan en el film) como Los Guardianes de la Galaxia. La era Marvel del cine se ha instalado en la salas y también en nuestra corazoncitos. Pero no conviene despistarse. Es Marvel Studios, en poder de Disney, quien corta el bacalao en estos momentos. Quien mejor sabe hacerlo hoy en día. ¿Por qué? Respeto a la materia prima original y respeto al espectador. Puro cine de entretenimiento sin mayores pretensiones. El resto de estudios… digamos que todavía tienen mucho que aprender.

Sí, puede que Sony (Columbia) tuviera a un genio como Sam Raimi al frente de la primera trilogía de Spider-Man. Pero tras dos satisfactorias entregas, la férrea mano del estudio y sus intereses mercantilistas se impusieron a cuestiones tan fundamentales como el guión o el respeto a la inteligencia del espectador en aquella fatídica tercera parte, tras la que Raimi decidió, sabiamente, abandonar el barco. El inevitable reboot del invento llegó hace dos años con The Amazing Spider-Man, un producto insulso, pero discreto y a ratos entretenido, con un adecuado Andrew Garfield como Peter Parker. Lo peor de aquello es que hizo sentirse viejo hasta los que no lo eran tanto, ya que, apenas 10 años después del estreno de la original, se nos volvía a contar, sin necesidad alguna, el origen del personaje, solo que cambiando al villano y algún que otro detalle con la idea de enriquecer el universo personal del sufrido Peter Parker (como fue el caso de la prematura muerte de sus padres).

Este maltrato al espectador se consuma con esta secuela, bautizada en España con el horripilante título de The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro. Tras su visionado, a uno le viene a la mente aquella máxima de quien avisa no es traidor. Y es que el resultado está, para que se hagan una idea, muy cerca de engendros como Batman y Robin y a años luz de distancia de aquellos felices días de 2004 en los que Sam Raimi nos brindó la mejor película del trepamuros hasta la fecha, Spider-Man 2, en la que éste se enfrentaba al Doctor Octopus presumiendo de humor, un guión ejemplar y unas memorables secuencias de acción. Ah, eso sí que fueron buenos tiempos para Spidey.

Peter Parker y Gwen Stacy, Andrew Garfield y Emma Stone, deshojando la margarita... una y otra vez.

Peter Parker y Gwen Stacy, Andrew Garfield y Emma Stone, deshojando la margarita… una y otra vez.

Ahora toca sufrir y bajar a los infiernos, porque estamos ante un desastre de proporciones épicas. Una superproducción que pretende edificar, a toda prisa y de malas maneras, una franquicia con idéntica ambición a lo que ha ido construyendo, desde 2008, y con nueve largometrajes estrenados hasta hoy, Marvel Studios. Ya pueden criar las ranas pelo que Sony no va soltar jamás semejante gallina de los huevos de oro. Y el universo arácnido tiene suficientes personajes para crear infinitas secuelas y spin-offs. Anunciado ya está el primero, una película de los Seis Siniestros que, de entrada, ilusiona por el talento que va a dirigirla, nada menos que Drew Goddard, director y coguionista de esa genialidad llamada La cabaña en el bosque. Y en el horizonte acecha Venom, dedicada, en este caso, al legendario villano que ya tuvo sus quince minutos de gloria en el citado traspiés de Spider-Man 3.

Volviendo a lo que toca, esta continuación coloca, cómo no, la primera baldosa en el camino hacia esos Seis Siniestros, pero también ofrece a los fanáticos de los cómics la posibilidad de salivar con futuras incorporaciones a la franquicia, como es el caso de esa atractiva secretaria que deambula por la cúpula de la multinacional Oscorp y que responde al nombre de Felicia (interpretada por Felicity Jones). ¿Felicia Hardy quizá? Es decir, ¿la Gata Negra? Eso parece.

Con semejante percal, el que esto suscribe estaría ilusionado y hasta conforme con ver enclaustrado a este Hombre Araña en su propio universo, sin cruzarse jamás con Los Vengadores (algo cotidiano en cualquier tebeo Marvel de los últimos años). No tendría ningún problema, claro, si la cosa estuviera bien escrita, los personajes fueran interesantes y los villanos estuviesen a la altura de las circunstancias… pero no es este el caso. Y mucho tiene que mejorar la cosa en futuras entregas de la serie, porque esto no ha hecho sino empeorar.

Para empezar, la historia de amor de Peter Parker y Gwen Stacy (esa imposible Emma Stone con voz de camionero… al menos en la versión original) es todavía más empalagosa y repetitiva que en su predecesora: Ahora cortamos, ahora volvemos, ahora me voy, ahora vuelvo… yo te quiero más, yo te quiero menos… Uf, qué pereza, señores. La tía May (esforzada Sally Field), que en las películas de Sam Raimi era esa perenne brújula moral (un tanto cargante, todo hay que decirlo) es aquí un mero alivio cómico que, a la hora de ponerse serios, hace el ridículo. Eso de que esté estudiando enfermería aquí no funciona. ¿Es que nadie ha leído, sin irnos muy atrás en el tiempo, esos tebeos en los que la buena de May ejerce como voluntaria en un comedor social? ¿Y cómo es que el bueno de Peter trabaja como fotógrafo en el Daily Bugle sin que veamos en carne y hueso a su nemésis periodística, J.J. Jameson? Aquí su presencia tiene lugar en off y da lugar al que tal vez sea el mejor gag de la película, a propósito de cierto correo electrónico. Cualquier buen fan de Spidey notará un importante vacío a ese respecto.

La batalla final entre Spidey y Electro, más cerca de un videojuego que del tebeo... o una buena peli de acción.

La batalla final entre Spidey y Electro, más cerca de un videojuego que del tebeo… o una buena peli de acción.

Pero lo realmente grave es la hipertrofia y la esquizofrenia del Hollywood de hoy en día. En este caso, traducidas en ese humor rancio e histriónico tan de los 90, con siete compositores para su poco inspirada banda sonora original (¡siete!), tropecientos villanos, mil y un planes de futuro para las secuelas, media docena de millonarias secuencias de acción sin emoción alguna, secundarios a mansalva que nada vienen a aportar a la narración… y nadie concentrado en hacer mínimamente interesante lo que ocurre en tiempo presente.

Puede que el director, Marc Webb, sea un especialista en hacer de sus protagonistas unos perfectos babosos, pero lo de la acción es todavía una asignatura pendiente en su hoja de servicios. Todo queda en manos del montaje y el departamento de efectos visuales, cuyo trabajo es intachable y abrumador, sin duda, pero eso sí, a base de que sobrecargar cada fotograma de flashes, ruido y perpetuo movimiento para tapar una evidente incompetencia en aspectos tan cruciales como la coreografía o la pura narrativa. Sirva como ejemplo el confuso final del mano a mano entre Electro y Spidey en Times Square. Uno acaba preguntándose qué acaba de pasar con el villano y con la mitad de Nueva York, que parece haberse desplomado sobre las cabezas de sus viandantes. Al señor Webb eso parece traerle sin cuidado.

La sombra de Batman y Robin es alargada. Jamie Foxx es Electro.

La sombra de Batman y Robin es alargada. Jamie Foxx es Electro.

Con cerca de dos horas y media de duración, puede que haya tiempo de sobra para presentarnos hasta tres villanos, pero ninguno acaba teniendo la entidad necesaria. Lo del Rino (fugaz y más sobreactuado de lo deseable Paul Giamatti) es puro teasing. Un ya veréis. Electro, al que incorpora un desafortunado Jamie Foxx, es para pasmo de la mayoría, un cruce entre el Jim Carrey de Batman Forever, es decir, Acertijo, y el Mr. Frío aquejado de arnoldismo de Batman y Robin. Una chapuza de diseño (con un uniforme porque sí decorado con unos rayitos de ay, Dios mío) pésimamente escrito, para más señas: El genio científico feo, torpe y apocado de toda la vida, solitario, acomplejado, admirador del superhéroe de turno y trufado de rencor, al que da rienda suelta cuando un accidente de laboratorio lo convierte en un monstruo de poder incontrolable. Es un tópico tan obvio que produce vergüenza ajena. Cuando todos estos lugares comunes parecían superados… pues tome usted dos tazas. Ah, y no menos importante es el nuevo Duende Verde, Hobglobin o vaya usted a saber… un Harry Osborn más caricaturesco de lo deseable al que da vida Daniel DeHaan (curtido en el mundo de los superpoderes gracias a la excelente Chronicle). Su personaje le debe lo suyo al Dos Caras de El Caballero Oscuro. Es decir, del lado de los buenos en los dos primeros tercios de la historia y, embutido ya en su disfraz de maloso, metido con calzador en la última media hora.

No se me escapa el que, como en la primera entrega del Spider-Man de Raimi, se haya tenido en cuenta algunas buenas ideas vertidas por el guionista Brian Michael Bendis en su más que recomendable Ultimate Spider-Man (una inteligente actualización del personaje para el siglo XXI), como el que Oscorp sea algo así como una caja de Pandora de la que emerge tanto el bien (Spidey) como el mal (es una auténtica fábrica de supervillanos). O ese Rino convertido en un gigantesco robot que irrumpe en escena de forma anecdótica (tanto en el tebeo original como en el film). Pero son conceptos insertados sin ton ni son, ignorando lo más importante, el brillante tratamiento de personajes marca de la casa Bendis, alguien que forma parte, dicho sea de paso, del comité creativo de Marvel Studios. Una verdadera lástima que el escritor de Cleveland no trabaje para Sony.

Supongo que habrá muchos que aplaudan esta nueva aventura del trepamuros por pretender, finalmente, ser muy oscura y trascendente, dos palabras que tanto gustan a los que defienden algunas de las peores películas de superhéroes solo porque se toman demasiado en serio a sí mismas. Pero, sin revelar nada que pueda estropear la experiencia, adaptar uno de los cómics más icónicos de Spider-Man, como se hace aquí, apresuradamente y a traición en los últimos minutos, es una maniobra chapucera, un golpe bajo al buen aficionado y, sobre todo, una oportunidad desaprovechada.

Pero no quiero reducirlo todo al purismo, a esas malas decisiones a la hora de trasladar  las viñetas a la gran pantalla, no, porque, después de todo, y por mucho que traicione al cómic original, el mayor pecado de The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro sigue siendo, simplemente, aburrir.

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Category: Críticas, Destacados

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