‘Renoir': los artistas y la modelo

| 7 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Michel Bouquet interpreta a Pierre-Auguste Renoir

Michel Bouquet interpreta a Pierre-Auguste Renoir

En la apreciable Dioses y monstruos (1998), Ian McKellen interpretaba al cineasta James Whale en sus últimos meses de vida. Enfermo y angustiado por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial, donde combatió, y el ocaso de una vida repleta de opulencia y hedonismo, el director de Frankenstein encuentra un último motivo de inspiración en su apuesto jardinero, al que convence para que pose desnudo. La complicada e incómoda relación entre artista y modelo daba pie a un interesante retrato sobre un creador que, pulido por el trauma de la contienda bélica, supo extraer belleza del horror y que encontró en el personaje ideado por Mary Shelley el reflejo de sus propios fantasmas.

Al igual que en el filme de Bill Condon, en Renoir, dirigida por Gilles Bourdos, también nos encontramos con un artista achacoso en búsqueda de un último impulso creativo que le ayude a superar el dolor de una guerra que ha cubierto el mundo en el que vivía de muerte y destrucción. A pesar de estar postrado en una silla de ruedas e impedido por una artritis en las manos que dificulta cada vez más su trabajo, el maestro impresionista Pierre-Auguste Renoir (Michel Bouquet) no renuncia a reflejar en sus cuadros esa joie de vivre que le convirtió en uno de los pintores franceses más importantes. La llegada a su residencia en el Sur de Francia de  Andrée Heuschling (Christa Theret), una joven modelo pelirroja de belleza prerrafaelista que aspira a ser actriz de cine, despierta de nuevo en el anciano la inspiración que el conflicto militar parecía haber aniquilado. Cuando su hijo Jean (Vincent Rottiers) regresa a casa para reponerse de  las heridas ocasionadas en la batalla, se crea un extraño vínculo a tres bandas donde la figura de Andrée ejerce de musa para uno y de amante para otro.

Christa Theret en un fotograma de 'Renoir'

Christa Theret en un fotograma de ‘Renoir’

Renoir es tanto la historia de un ocaso, la de Pierre-Auguste, como el retrato de un despertar artístico, el de Jean, futura figura imprescindible de la historia del cine francés. Esta especie de relevo generacional, que funciona a la vez como metáfora de un mundo que se ha vuelto traumáticamente adulto con el estallido de la Primera Guerra Mundial, representa quizás lo más interesante de un filme que en términos dramáticos resulta más tibio. Con Renoir el pintor parece terminar un ciclo histórico de inocencia, donde la engañosa luminosidad de la Belle Epoque,  plasmada en sus alegres lienzos sobre la vida cotidiana, da paso a un periodo convulso en el que la contienda ha sacado a la luz el horror de la condición humana; donde las edénicas estampas de mujeres desnudas al lado de un río se han sustituido por los rostros deformados y las muecas de dolor del expresionismo. La imagen de un tullido Pierre-Auguste Renoir aferrado a su incansable búsqueda de la belleza en medio del caos circundante es en realidad el grito agónico de un tiempo que ya no volverá.

El director Gilles Bourdos resulta eficaz en la recreación de los rituales caseros que rodean los últimos días de la vida del maestro impresionista, quien depende completamente de la ayuda de su cohorte de sirvientas. También consigue extraer momentos de gran belleza plástica cuando muestra al pintor componiendo sus cuadros, gracias a la luminosa fotografía Mark Ping Bing Lee y la sensible banda sonora de Alexandre Desplat. Sin embargo, el filme no resulta tan sugerente en el desarrollo dramático de los otros dos personajes principales, sobre todo en el caso de Andrée Heuschling, reducida al final a poco más que una arribista con arranques de histeria. Paradójicamente, estas carencias pueden verse como el mejor homenaje a un artista para el que todo lo que no estaba al servicio de la belleza era superfluo. Bienvenida sea la luz.

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