‘Paraíso: Fe’: proselitismo del mal rollo

| 19 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de 'Paraíso: Fe'

Fotograma de ‘Paraíso: Fe’

La segunda entrega de la trilogía de Ulrich Seidl se centra en Anna Maria, la hermana de la sugar mama de Paraíso: Amor. Nos encontramos de nuevo con un personaje femenino en búsqueda de un ideal que la reubique en un mundo que parece haberle negado la felicidad. Mientras en el anterior episodio Teresa trataba de encontrar consuelo en el cuerpo de unos jóvenes keniatas, la protagonista de Fe sublima sus carencias afectivas de un modo más ascético.

Anna Maria, encarnada por una tremenda Maria Hofstätter, es una especialista en rayos X que dedica sus vacaciones a predicar la palabra de Dios de puerta en puerta con la figura de una Virgen en la mano. Entregada a un fanatismo religioso exacerbado, Anna Maria se flagela a diario delante de la figura de Cristo, se arrastra de rodillas por la casa recitando sus oraciones y se reúne regularmente con otros acólitos de la causa de Jesús que piden a gritos la vuelta de una Austria grande y católica. Sin embargo, sus planes de comunión absoluta con el Señor se ven alterados con el regreso al hogar de su marido, un musulmán egipcio postrado en silla de ruedas que había estado ausente durante años. Una fiesta, vaya.

Ulrich Seidl, que maltrata a sus ‘heroínas’ más que el mismísimo Lars Von Trier, retrata de manera asfixiante y reiterativa el via crucis particular de esta mujer cuya virtud es puesta a prueba de manera cada vez más delirante. El cineasta camina peligrosamente por el límite que separa la fuerza del naturalismo casi documental (las escenas de flagelación de la actriz protagonista son reales) de la pose malrollista que parece casi exigida hoy día para ser considerado alguien en los festivales de cine más importantes.

Nabil Saleh y Maria Hoffstätter protagonizan 'Paraíso: Fe'

Nabil Saleh y Maria Hoffstätter protagonizan ‘Paraíso: Fe’

A diferencia de  la Teresa de Paraíso: Amor, que a pesar de su patetismo conseguía que sintiéramos un mínimo de empatía, Anna Maria, un personaje que haría salivar a Elfriede Jelinek, resulta tan caricaturesca, extrema e insondable que la posibilidad de identificarse con ella queda mermada. Apenas sugeridas las razones del pasado que la han llevado a convertirse en una tarada religiosa (el fracaso de su matrimonio, y por extensión de la utopía del multiculturalismo europeo), Anna Maria parece desprovista de verdaderos atributos más allá del de representar a uno de los monstruos creados por una sociedad en crisis de identidad.

Tras una sucesión de casi dos horas de escenas de crueldad marital, rituales de auto-humillación y visitas a almas perdidas (algunas de ellas reales, como el caso del matemático René Rupnik), la protagonista, como no,  termina dándose de bruces con la realidad y maldiciendo a un Dios que no ha podido liberarla de sus pulsiones más primarias. Y mientras tanto, los espectadores con ganas de crucificar al director por habernos quitado de forma tan canalla la fe en el ser humano.

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Category: Críticas, Destacados

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