‘Paraíso: Amor': vacaciones en el fango

| 13 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de 'Paraíso: Amor' de Ulrich Seidl

Fotograma de ‘Paraíso: Amor’ de Ulrich Seidl

Dudamos que Austria necesite poner en marcha algo parecido a la recién inventada “marca España” para mejorar la imagen del país. Sin embargo, de hacerlo, estamos seguros de que no le confiarían la campaña al ganador del Oscar Michael Haneke; ni a la premio Nobel Elfriede Jelinek; ni a Ulrich Seidl, director de Paraíso: Amor. A través de su obra, estos tres grandes representantes de la cultura contemporánea austriaca han retratado a sus compatriotas como miembros de una sociedad enferma y podrida que, bajo el barniz del ilusorio estado de bienestar y su excelsa tradición artística y racionalista, oculta una patológica incapacidad para empatizar con el prójimo. La decadencia de Occidente, o para ser más exactos del mundo burgués-capitalista, nutre el trabajo de estos francotiradores alérgicos a los discursos complacientes y siempre dispuestos a hurgar en la herida y trastocar las ideas, una postura que les ha garantizado a Haneke y Seidl un puesto reservado en los mejores festivales de cine internacionales.

Después de mostrar las penurias de una enfermera ucraniana que emigra a Viena en la tremenda Import/Export, Ulrich Seidl propone un viaje en sentido inverso de un país pobre a uno rico en Paraíso: Amor. Primera entrega de una trilogía sobre tres mujeres de una misma familia que se completa con Fe y Esperanza, y que en principio fue concebida como un solo filme, Paraíso: Amor se centra en Teresa, una austriaca de cincuenta años que pasa sus vacaciones en las playas de Kenia. Teresa es una sugar mama, nombre con el que se denomina en el país africano a las europeas que a cambio de sexo ayudan económicamente a los jóvenes lugareños. Sin embargo, Teresa, a diferencia de sus compañeras de viaje, busca algo más que contacto carnal. En su idealista búsqueda de ese amor que debido a su edad y exceso de peso le es imposible encontrar en su país de origen, la turista austriaca se da de bruces con la realidad: aquello que tanto ansía no se puede comprar.

A la derecha, Margarethe Tiesel, protagonista de 'Paraíso: Amor'

A la derecha, Margarethe Tiesel, protagonista de ‘Paraíso: Amor’

Paraíso: amor, además de un estudio casi documental de esa forma de neo-colonialismo que es ese turismo sexual que tan bien reflejó Michel Houellebecq en su novela Plataforma, es ante todo el intenso retrato femenino de un personaje que pasa de la candidez a la crueldad a medida que encadena desencantos con sus amantes alquilados. Puede que Seidl se cebe mucho con su propia criatura, que alcanza cotas casi caricaturescas de patetismo en el tramo final, pero la excelente interpretación de Margarethe Tiesel y los toques de humor de algunos pasajes consiguen que cojamos simpatía y, sobre todo, comprendamos a Teresa. Esta ambivalencia entre repulsión y compasión hacia la protagonista coloca al espectador en una situación un tanto incómoda. Seidl desmonta cualquier discurso de corrección política y elude pintar a los beach boys keniatas como simples víctimas tercermundistas de unas orondas mujeres occidentales. En el falso paraíso descrito en el filme todo el mundo quiere algo, y va a usar sus mejores armas para conseguirlo.

Pero más allá de los posibles conflictos morales que pueda despertar la película, el verdadero malestar viene, como siempre, de la increíble facilidad de Ulrich Seidl para crear situaciones muy desagradables, casi insoportables, servidas con el sadismo propio del plano sostenido que parece ser marca de la casa del cine austriaco actual. El cineasta no tiene reparos en mostrar la fealdad o los cuerpos celulíticos de sus personajes, ni en enseñar en plano frontal un pene erecto manipulado por una mano arrugada, por poner un ejemplo. Esta crudeza, que nos hace pensar que Seidl y Carlos Reygadas han debido de ser compañeros de piso alguna vez, es quizás lo que en el fondo nos deja con la mirada pegada a la pantalla a pesar del mal rollo que transmite. Ni música, ni montajes efectistas. Ulrich Seidl sólo necesita sus precisos encuadres y la naturalidad de sus actores para darnos tal bofetada que al terminar la película no sabemos qué pensar: si esto es cine necesario o si por el contrario no había ninguna necesidad de tener que pasar por esto a menos que seas masoquista.

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