“Misión: Imposible – Nación Secreta”: El factor Bond

| 7 agosto, 2015 | 0 Comentarios

Tom Cruise, durante el clímax del segmento de Marruecos, lo mejor de  Misión Imposible: Nación Secreta.

Tom Cruise, durante el clímax del segmento de Marruecos, lo mejor de Misión Imposible: Nación Secreta.

Denostado por la mayoría y adorado por muy pocos, si una cosa es Tom Cruise, aparte de una estrella controvertida por su incontestable megalomanía y escarceos con sectas de dudosa calaña, es un tipo bastante inteligente cuando se trata de su profesión. Cuando en 1996 inauguró su andadura como productor con la primera entrega de Misión: Imposible, muchos hablaban ya de su declive como estrella, pero se equivocaban. Aunque en Estados Unidos no sea ya el icono que fue durante los 80, en Europa cuenta con un público bastante más fiel, lo que unido a la habitual calidad de los proyectos que suele escoger, o apadrinar, le ha permitido mantener el tipo hasta hoy, y dar alguna lección a los recién llegados por el camino.

Aquella espectacular aunque irregular película dirigida por Brian De Palma, que se unió a la fiebre que padeció Hollywood en plena década de los 90 por llevar a la gran pantalla míticas series televisivas de los años 60, dio lugar a una saga que ha demostrado no sólo tener buena salud, sino capacidad de superación, algo en lo que tuvo mucho que ver la entrada de J.J. Abrams en el invento, todo un experto en enderezar franquicias, y que sigue ejerciendo desde entonces como productor. Y vaya si lo necesitaba tras el batacazo que sufrió el invento cuando John Woo se hizo cargo de la primera secuela, donde sólo brillaba una alucinante traca final que intentaba hacernos olvidar más de una hora de padecimientos que se movían entre el esperpento de una España recreada en Australia, un romanticismo hortera que nos hizo sentir vergüenza ajena y, sobre todo, el punto más álgido de la citada megalomanía de Cruise, convertido no en Ethan Hunt, sino en una suerte de superhéroe más propio de un manga o anime desbocado, que de un thriller que seguía los pasos de James Bond. Y es que, durante los peores años de 007, es decir, los protagonziados por Pierce Brosnan, las películas de Misión: Imposible eran el refugio de los fans del personaje creado por Ian Fleming.

Ilsa Faust y Ethan Hunt, es decir, Rebecca Ferguson y Tom Cruise.

Ilsa Faust y Ethan Hunt, es decir, Rebecca Ferguson y Tom Cruise.

Abrams recuperó en la tercera entrega el factor sorpresa y, sobre todo, le dio importancia a los secundarios a partir de la reivindicación del equipo del que acaba dependiendo Ethan Hunt, haciendo más digestivos los momentos de lucimiento del protagonista de Nacido el 4 de julio. Cuando Brad Bird se hizo cargo de la cuarta entrega, Protocolo Fantasma, la fórmula alcanzó por fin la perfección, algo que intenta igualar ahora, y con bastante seguridad, Christopher McQuarrie, guionista y director  galardonado con un Oscar por su libreto para Sospechosos habituales, y que fue elegido por el actor tras su experiencia conjunta en la más que apreciable Jack Reacher.

Y es el guión lo que más brilla en esta Nación Secreta, toda una confirmación de la buena salud de vive esta franquicia, y cuyo concepto es deudor sin tapujos de la organización Espectra, que tanto juego dio en las primeras películas de la serie Bond como principal antagonista (y que da título al nuevo Bond que se estrenará el próximo mes de noviembre). Además, McQuarrie, crea un memorable personaje femenino a la altura del protagonista, Ilsa Faust, encarnado por la espectacular Rebecca Ferguson, una actriz a la que hemos podido ver, aparte de en la olvidable versión de Hércules protagonizada por Dwayne Johnson, también en la televisión británica, en series como La tienda roja o La Reina Blanca. Ella es el principal motor del habitual juego de la sospecha que vertebra la historia, donde casi todos los personajes se engañan entre sí para lograr sus particulares objetivos. Aunque aquí, básicamente, lo que quiere demostrar el protagonista es la existencia de esa mencionada organización ultrasecreta, denominada El Sindicato, y formada por agentes renegados, que ha extendido sus tentáculos por todo el mundo, incluyendo organizaciones gubernamentales y todopoderosas agencias de seguridad. La tarea resulta doblemente dificil para Hunt cuando el MIF es disuelto y nuestros héroes se van a la competencia… o al paro.

El prólogo: Una estrella en peligro. Sin trampa ni cartón.

El prólogo: Una estrella en peligro. Sin trampa ni cartón.

Pero ya se sabe que los viejos rockeros nunca mueren, y que a todo el mundo le gusta hacer un comeback como Dios manda. Y este no va a ser menos. No en vano, y nada más empezar la película, Tom Cruise, entrado ya en sus 50, se sube, de verdad, y sin ayuda de VFX, a un avión en pleno despegue para demostrar que tiene mucho que enseñarle a los chavalines que pretenden ganarle terreno en esto del cine de acción. Y este tipo de pluses son los que, como un un buen compañero de profesión ha dicho por ahí, convierten Misión: Imposible en un cruce perfecto entre las películas de 007 (con su turismo de lujo y complots internacionales) y un espectáculo del Circo del Sol. Que sea por muchos años, porque la fórmula funciona mejor que nunca, y es una que da no sólo importancia entre sus ingredientes al guión (aunque la intriga se extienda algo más de la cuenta en sus últimos 20 minutos), también al reparto (aunque Simon Pegg se nos apayase más de la cuenta), la fotografía (que hace brillar localizaciones en lugares tan dispares como Austria, Marruecos, Malasia o Inglaterra), la banda sonora (Joe Kraemer es un talento a seguir, y no sólo por parafrasear aquí a Lalo Schifrin o Michael Giacchino, también es un compositor con voz propia y un saludable gusto clásico) y, por supuesto, la dirección: cada entrega de la serie cuenta con una mirada distinta, y la de McQuarrie demuestra una irresistible nostalgia, como señalan sus homenajes a Hitchcock (El hombre que sabía demasiado) y Stanley Donen (Charada). Ojalá todos los veranos tuviéramos películas así. Así que toca disfrutar.

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