‘Miel de naranjas': Rodar en tiempos revueltos

| 25 mayo, 2012 | 1 Comentario

Blanca Suárez en una imagen de Miel de naranjas

Blanca Suárez en una imagen de Miel de naranjas

Aunque hace una década se podría pensar que rodar una película en España sobre la Guerra Civil era lo más normal del mundo, actualmente, parece justo lo contrario. Defensores de la necesidad de reivindicar la memoria histórica por un lado, partidarios de correr un tupido velo sobre una herida aún abierta por otro, cada vez que se estrena un filme sobre este oscuro episodio de nuestra historia surge un cansino debate plagado de lugares comunes: que si en España sólo se hacen filmes de la Guerra Civil; que si este cine tiene un trato de favor de cara a las subvenciones y a los premios; que si este tipo de historias son necesarias… Sin entrar en valorar lo acertado de unos comentarios u otros, lo cierto es que llevar la etiqueta de “cine de posguerra” conlleva ahora unos prejuicios que pueden hacer que no se aprecien algunos títulos en su justa medida; o viceversa, que se exageren sus virtudes escudados en el argumento de las buenas intenciones.

A pesar de todo, aún hay valientes como Imanol Uribe que se arriesgan a reflejar un periodo que, como si fuera Bitelchus, sigue levantando ampollas con sólo nombrarlo. El cineasta, ausente de las pantallas desde La carta esférica (2007), lleva al cine un guión de Remedios Crespo, un texto que él mismo galardonó cuando fue miembro del jurado del Premio Julio Alejandro. Basado en la experiencia del padre de la propia escritora, Miel de Naranjas narra la historia de Enrique (Ibán Gárate), un joven que pasa su servicio militar como mecanógrafo de un Juzgado Especial en la Sevilla de los años 50, a las órdenes de Don Eladio (Karra Elejalde), el tío de su novia Carmen (Blanca Suárez). Allí, Enrique es testigo de las arbitrariedades más atroces y, aunque al principio prefiere mantenerse al margen, su indignación acaba por empujarle a convertirse en un infiltrado de las fuerzas opositoras al régimen dictatorial del General Franco.

Lo que tiene toda la pinta de convertirse en un Amar en tiempos revueltos en pantalla grande, termina dando lugar a una correcta cinta de intriga, bien contada, y con las dosis justas de dramatismo, donde cada personaje guarda un secreto. Como en muchos títulos sobre la Resistencia Francesa durante el régimen de Vichy -si nos pusiéramos a contar cuántas pelis sobre sus guerras hacen en el Hexágono, seguro que nos ganaban-, en Miel de naranjas encontramos suficientes quintas columnas, delatores, fusilamientos y despiadados agentes del orden para contentar a los amantes del género. Pero, más allá de su eficaz dramaturgia, el último trabajo de Uribe resulta interesante por mostrar detalles menos visibles de la realidad de esa época, como la existencia de campos de trabajo o el día a día de un centro psiquiátrico. La ubicación geográfica en la Andalucía de los 50 y enigmáticos personajes secundarios como la taquillera interpretada por Bárbara Lennie también dotan al filme de cierta personalidad.

Sin ser una gran película, Miel de naranjas tal vez se recuerde en un futuro por dos cosas: por recuperar al mejor Imanol Uribe en años, aquel que gracias a trabajos como Días contados y El rey pasmado se convirtió en uno de los nombres imprescindibles del cine español de los 90; y porque, con un relevo generacional de cineastas jóvenes con más memoria cinéfila que histórica, y el negro futuro que pinta para nuestra cinematografía la nueva política de subvenciones, este filme puede quedar como un digno testamento de una manera de hacer cine condenada al ostracismo.

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Category: Críticas, Destacados

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