“Mad Max: Furia en la carretera”: Y así es como se hace

| 15 mayo, 2015 | 0 Comentarios

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Veo a un dictador despedazado por sus oprimidos, mujeres explotadas que huyen en busca de nuevos horizontes, un mundo devastado por la mano irresponsable del hombre, una revolución que sólo es posible a través de la violencia… veo honestidad, veo verdad. Aquellos que comparan Mad Max: Furia en la carretera con el cine de acción más reciente se equivocan totalmente. George Miller parafrasea a los más grandes en su nueva película: a gente como Sergio Leone y Akira Kurosawa, para empezar. Por eso estamos hablando de una obra maestra, y no de cine del montón, de ese que llena las carteleras semana tras semana, porque lo que tenemos aquí es la película del año… al menos de momento. Un verdadero game changer, aunque la taquilla demuestre que todavía son pocos los que se han enterado aún de la importancia del regreso de George Miller a la imagen real y a la saga que revolucionó el cine de acción a finales de los años 70.

Obviamente, existe otro cine, otros presupuestos, otras nacionalidades, otras sensibilidades e intencionalidades igual de importantes y válidas, pero los aficionados saben bien que el que marca tendencia, el que crea aficionados y directores en potencia, suele venir del mismo sitio, de Hollywood, y esto ocurre porque es el único que puede pagar los sueños imposibles de auténticos visionarios. Y cuando digo visionarios hablo de los de verdad, no de esos que cuentan con esta etiqueta de regalo, ya sea en el tráiler o en el póster de su intento de unirse a tan selecto club, una coletilla esta de visionario que ya cansa a los aficionados. Estamos hablando de gente como David Lean, Martin Scorsese, Steven Spielberg… o George Miller. De este señor vamos a seguir hablando, porque su regreso no sólo está haciendo temblar los cimientos de la industria norteamericana, sino las conciencias de algunos realizadores establecidos y de muchos aspirantes a autor que hoy en día cuentan con un cheque blanco de los grandes estudios.

Mad Max 2: El guerrero de la carretera redefinió la saga, y es el punto de partida de esta nueva entrega.

Mad Max 2: El guerrero de la carretera redefinió la saga, y es el punto de partida de esta nueva entrega.

Mad Max se estrenó en España con una clasificación “S”, que por aquel entonces se adjudicaba al cine que hacía apología del sexo y/o de la violencia. Sí, así era la mentalidad de entonces, mezclando en una misma calificación lo mejor que uno puede hacer en la vida con la peor lacra de azota este mundo. Cierto que la violencia descarnada de aquella película no era habitual en el cine de las majors, y un gigante como Warner se sintió obligado a alertar a sus potenciales espectadores. Pero en 1979 el público ya había tenido más que suficiente exploitation, giallo y gore en producciones de serie B norteamericanas y cine europeo, así que la “S” era, entonces, como hoy, algo ridículo. La cuestión es que aquella pequeña película australiana resultó rompedora, con una trama muy escueta de pandilleros asesinos desbocados y un policía dispuesto a tomarse la revancha cuando el asunto pasa a ser puramente personal. George Miller era un médico hastiado de contemplar pacientes afectados por los accidentes de coche, y de ahí surgió la idea de plasmar en el cine, su otra vocación, las consecuencias de esta siniestralidad y su violencia real, que hasta entonces la gran pantalla parecía evitar o no tener interés en mostrar. Y vaya si lo logró. Su película se convirtió en obra de culto instantáneamente. Era exagerada, simplista… pero rezumaba talento por los cuatro costados. La cámara y el montaje del film reinventaron el cine de acción para siempre.

Tom Hardy es el nuevo Max y, como de costumbre, en problemas.

Tom Hardy es el nuevo Max y, como de costumbre, en problemas.

Pero ahí no acabó la cosa, porque en 1982 llegó a los cines la segunda entrega de la serie, la cual cambió el contexto de la historia, llevándonos a un futuro postapocalíptico tras un colapso financiero, y donde la gasolina es el bien más preciado y escaso del nuevo paradigma global. Mad Max 2: El guerrero de la carretera era cine con mayúsculas. Presupuesto modesto, pero genialidad de principio a fin. El guión ya tenía enjundia de verdad, la limitación como actor de su protagonista, Mel Gibson, era salvada con inteligencia y la fotografía y la dirección artística marcaron tendencia. El cine postapocalíptico ya estaba inventado, claro, pero Mad Max lo redefinía como ya hiciera con el de acción su predecesora. Gerge Miller confirmaba su enorme talento y Hollywood quiso llevárselo a su terreno.

Eso es lo que pasó con Mad Max más allá de la Cúpula del Trueno, filme que Miller dirigió a cuatro manos junto a George Ogilvie, realizador televisivo formado previamente en el teatro, y hoy olvidado, a decir verdad. La saga se amoldó a las exigencias de los grandes estudios, rebajó la violencia e introdujo elementos familiares en la trama. El resultado fue abucheado por muchos fans de la serie, pero a pesar de sus defectos, la tercera aventura del ex policía seguía siendo un gran espectáculo, con una persecución final memorable y un envoltorio visual, una vez más, arrebatador, a pesar de los inevitables excesos estéticos de la década de los 80, Tina Turner incluida.

Nicholas Hoult es Nux, el otro gran protagonista de Mad Max: Furia en la carretera.

Nicholas Hoult es Nux, el otro gran protagonista de Mad Max: Furia en la carretera.

30 años después llega la cuarta entrega, con un adecuado Tom Hardy sustituyendo a Gibson y con un George Miller, que tras formar una familia, hacer algunas comedias fantásticas como Las brujas de Eastwick y Babe, el cerdito en la ciudad,  dramas como El aceite de la vida y hasta cine de animación, como Happy Feet, vuelve a sus orígenes repleto de energía, y eso a pesar de ponerse a rodar con cerca de 70 años. La premisa, hacer una película a medio camino entre la segunda y la tercera entrega de Mad Max, fundiendo las persecuciones finales de ambas entregas y hacer con ellas una película de acción non-stop. Un objetivo de sobra cumplido con un clásico instantáneo del género. Y el que esto suscribe no recuerda haber experimentado una película de acción tan impactante e inolvidable desde que vibró con la inolvidable Aliens… allá por 1986.

Miller no hace ascos a las nuevas tecnologías, pero la conexión que aquí logra con el espectador tiene que ver bastante con un hecho: casi todo ocurre delante de la cámara, y muy poco en postproducción. Eso ha tenido un coste, claro, y no sólo monetario. El rodaje fue interminable y estuvo repleto de percances y retrasos, saltando de parajes australianos a africanos por imperativo del cambio climático. Pero esta es una de esas películas en las que se ve hasta el último dólar invertido. Su escala es épica, con un trabajo de dirección artística y fotografía apabullantes. Y no deja de ser irónico que sea con la secuela de una película de serie B postapocalíptica, convertida ahora en un film monumental a la altura en ambición de rodaje a un Lawrence de Arabia.

Imperator Furiosa (Charlize Theron) y sus protegidas.

Imperator Furiosa (Charlize Theron) y sus protegidas.

Pero aún más importante es la capacidad de emocionar con la que nos sorprende Miller. La historia de estas mujeres en busca de un futuro, apoyadas en su aventura por el taciturno Max, es de las que deja sin aliento e, incluso, nos arranca alguna inesperada lágrima. Esa Imperator Furiosa, incorporada por una magistral Charlize Theron, está destinada a convertirse en un personaje de culto, un icono de lucha, rebeldía e inconformismo. Matriarcal o feminista, sin duda, pero Mad Max: Furia en la carretera va mucho más allá, y nos habla de temas de toda la vida, hoy tan actuales como siempre, y que van desde la explotación de seres humanos a la futura guerra del agua que nos castigará a nosotros o a nuestros hijos antes de lo que sospechamos.

Y todo ello narrado con sentido del humor, sin grandes aspavientos ni alardes, sin pedanterías ni exceso de gravedad, algo tan del gusto hoy en día por parte de tantos realizadores, algunos de ellos muy sobrevalorados. La lección de Miller es incontestable. Y es una que funciona de manera implacable porque lo hace desde la honestidad: con una de acción que sólo pretende hacernos pasar un buen rato en el cine, con una macarrada repleta de maquillajes imposibles, coches, motos  y camiones tuneados, tormentas de arena, persecuciones alucinantes, mujeres guerreras, guitarras eléctricas que escupen fuego, mutantes y paisajes desolados. Cine de entretenimiento con mensaje gordo. Cine que crea amantes del cine. Sólo cabe dar las gracias a George Miller por demostrarnos que aún es posible hacer películas como las que a muchos nos convirtieron en locos del séptimo arte, y por enseñarle a Hollywood, en su propio terreno, y en su propio idioma, que las cosas se pueden hacer de otra manera… simplemente mejor.

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Category: Críticas, Destacados

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