Le Week-End: Ya no nos queda ni París

| 6 diciembre, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de Le Week-End de Roger Mitchell

Fotograma de Le Week-End de Roger Mitchell

París, la ciudad del amor. Paisaje de parejas que han vivido sus romances a la sombra de Notre Dame y en la escalinata del Sacre Coeur. Enclave para enamorados que cruzan el Sena en barcaza y recorren los Campos Elíseos entre achuchones y miradas ardientes. La metrópoli parece el destino ideal para los que desean dar rienda suelta a su amorío, anunciándolo a los cuatro vientos delante de los transeúntes que se aglutinan en sus calles. La capital francesa se amolda a la perfección con las sensiblerías de las aventuras primerizas; cuando se pierde la cabeza por el otro; cuando el encanto de la ciudad se funde con el idilio de los recién casados para estar presente en cada una de sus galanterías. París encaja con los coqueteos de los inocentes que aún no han perdido la ilusión, creyendo que el futuro les depara toda una vida repleta de besos apasionados y palabras edulcoradas.

¿Pero qué ocurre cuando nos hallamos en las postrimerías de un matrimonio veterano? Esas relaciones marchitas que llegan a su ocaso arrastrando toda una estela de reproches y culpas. Eso es lo que propone el director Roger Michell con Le Week-End. El realizador nos cuenta las peripecias de una pareja que decide pasar un fin de semana en la ciudad parisina, con motivo de su treinta aniversario, para recuperar la llama casi extinta de un amor que parece tener los días contados.

Lindsay Duncan  y Jim Broadbent  forman la pareja de veteranos de Le Week-End

Lindsay Duncan y Jim Broadbent forman la pareja de veteranos de Le Week-End

Michell – conocido por la popular Notting Hill (1999) – ha vuelto a contar con un guión escrito por Hanif Kureishi, con el que ya había colaborado al haber llevado a la gran pantalla el libreto de Venus (2006). En aquella película, guionista y director se afanaron por retratar la monotonía de un grupo de amigos de la tercera edad que se juntaban en su bar de siempre para tomarse la copa de rigor, debatiendo sobre los problemas del mundo. En el film que nos ocupa, el tándem que conforman ambos cineastas también ha querido relatarnos los sucesos de un matrimonio que ronda los sesenta, cuyos cuerpos achacosos ya no son los de antaño, mostrando los primeros síntomas de senilidad. Sin embargo, sus mentes permanecen tan despiertas como en sus mejores años, pero ese amor que en su día los llevó de luna de miel a París se ha ido consumiendo con el paso del tiempo, y en un intento desesperado por recuperar lo perdido, nos trasladamos a un lugar donde aún queda un resquicio de esperanza para rescatar una relación sumida en la más tediosa de las rutinas. Una postura que sólo permite ver los defectos del otro.

Y para representar a los dos protagonistas de la historia, Michell ha querido contar con dos intérpretes maduros, ya entrados en años. Con esas arrugas de la vejez que actúan como indicativo de que lo añejo es garantía de saber estar ante la cámara. Cada palabra pronunciada por Jim Broadbent es una demostración de franqueza y sencillez, donde su expresión melancólica y su mirada afable construyen un personaje entrañable. Sólo alguien que carga con una dilatada carrera sobre sus espaldas podía transmitir una naturalidad tan reconocible en aquellos que rondan su edad. El inglés asume el rol de marido perdidamente enamorado de su mujer, cuyo amor por ella permanece intacto a pesar del transcurso de los años. Su personaje siente una dependencia preocupante, casi obsesiva, hacia su esposa. Existen momentos en los que puede llegar a invadirnos cierta vergüenza ajena cuando lo vemos prácticamente arrastrándose por los suelos, suplicando que su amada no lo abandone. Suya es la idea de regresar a París para revivir sentimientos olvidados, incluso reservando habitación en el mismo hotel donde floreció su amor tres décadas atrás (aunque cuando llegan, se dan cuenta de que se ha convertido en un cuchitril). Un personaje tan bondadoso como ése necesita hallar su opuesto, un antónimo que contribuya a que el choque de trenes entre protagonistas permita el desarrollo de la trama. Lindsay Duncan es la encargada de ponerse en la piel de la mujer voluble e impredecible. Tan espontánea que, por momentos, uno se irrita debido a su actitud cambiante. La inconstancia de su carácter la convierte en un personaje con el que resulta complicado empatizar, aunque ese rasgo no resta mérito a una actuación que, al igual que la de Broadbent, no merece ningún reproche.

Jeff Goldblum en una escena de Le Week-End

Jeff Goldblum en una escena de Le Week-End

El estilo de Michell es elegante y sobrio, con ese predominio del uso del plano fijo para encuadrar los vaivenes constantes de una pareja inestable. El director quiso homenajear a la corriente de La nouvelle vague, relatando una comedia que irradia frescura y que se instala en los rincones más emblemáticos de París, con visita incluida al cementerio de Montparnasse. La película, por momentos, recuerda claramente a aquella que en su momento dirigió Jean Luc Godard en 1964, Banda   Aparte.

Le Week-End es una comedia ligera y agradable, pero con un regusto ciertamente amargo. A lo largo de toda la película, uno no puede reprimir esa sonrisa perpetua que varía en función de la secuencia que está visualizando. Desde la carcajada a la risita incómoda. Todos sentimos una especie de alegría nostálgica por aquello que el matrimonio llegó a ser, pero que ya no es. Una cinta simpática con un guión inteligente, rematada con la aparición de un Jeff Goldblum muy acertado en la elaboración de su personaje secundario.

Aunque no vaya a ser un éxito en taquilla, es una buena película.

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Category: Críticas, Destacados

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