“La mujer de negro: El ángel de la muerte”: Presencias indeseables

| 27 febrero, 2015 | 0 Comentarios

Una inquietante imagen promocional de La mujer de negro: El ángel de la muerte.

Una inquietante imagen promocional de La mujer de negro: El ángel de la muerte.

Terror y franquicia son dos palabras cuyo largo matrimonio ha dado más digustos que alegrías al aficionado. Y aunque existan las buenas secuelas y hasta algún que otro remake digno de mención, sobran las continuaciones innecesarias y las olvidables variaciones sobre grandes clásicos y pequeñas joyas del género. Como acaba de pasarle a La mujer de negro, aquella grata sorpresa estrenada en 2012, con la que la resucitada Hammer lograba adjudicarse un nuevo título de culto, a partir de una novela de Susan Hill, convertida en una película de fantasmas de sabor clásico ambientada en un pueblo británico acosado por los pecados de su pasado.

Su moderado éxito de taquilla fue suficiente para poner en marcha esta secuela, cuya premisa desde luego tiene bastante gancho, ya que sin variar el escenario, cambia la época y transcurre en plena Segunda Guerra Mundial, convirtiendo la casa encantada de la cinta original en refugio de un grupo de niños que huyen de los bombardeos de Londres. Es decir, una inversión en clave terrorífica de El león, la bruja y el armario, el primer volumen de Las crónicas de Narnia de C.S. Lewis. Pero ahí acaban los hallazgos de esta segunda entrega de las correrías de la mujer de negro. Sus nuevas apariciones carecen de sorpresa y el guión se limita a repetir los trucos de la anterior, castigado además por una pareja protagonista de jovenzuelos que mina la credibilidad del asunto y difumina cualquier interés o preocupación sobre el destino de este grupo de desgraciados en manos de un fantasma cabreado.

Jeremy Irvine y Phoebe Fox, la desafortunada pareja protagonista.

Jeremy Irvine y Phoebe Fox, la desafortunada pareja protagonista.

Ambos tortolitos arrastran un pasado desdichado: Ella (Phoebe Fox) es una madre frustrada convertida en maestra y él (Jeremy Irvine, conocido por ser el protagonista de War Horse, de Steven Spielberg) un piloto del ejército sobre el que planea la sombra de la cobardía. Los miedos de uno y los traumas de la otra alimentarán la presencia del espíritu maligno, mientras, poco a poco, comienzan a desaparecer infantes en las inmediaciones de la siniestran mansión. Ninguno de los dos convence en sus respectivos papeles, algo que la presencia de la estupenda y aquí desaprovechada Helen McCrory (Peaky Blinders, Hugo) tiende a acentuar. De hecho, aunque la cinta puede presumir de una ambientación lograda, acusa los rigores de una producción bastante escasa, y el resultado hace aguas en los momentos menos oportunos. Es decir, que estamos ante una secuela barata muy cercana a esas cuyo destino es la venta directa en DVD o en las plataformas digitales de turno. Que ésta haya pasado el corte y llegue a nuestra cartelera resulta sorprendente, aunque siempre bienvenido, teniendo en cuenta lo poco que se prodiga el cine de terror en las salas de cine. Quizá el fenómeno de la magistral Babadook haya convencido a más de un distribuidor al respecto, aunque el film que ahora nos ocupe se encuentre en las antípodas respecto al firmado por Jennifer Kent.

Pero también puede ser que la habitualmente desafortunada combinación de terror y cine bélico se haya cobrado una nueva víctima. Quizá no sean más que peregrinas teorías personales del que esto suscribe, pero ahí están títulos como El torreón (1983), de Michael Mann, The Bunker (2001), Deathwatch (2002) o, más recientemente, El páramo (2011), ninguno de ellos memorable precisamente.

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Category: Críticas, Galerías

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