‘La gran estafa americana': un timo repleto de altibajos

| 7 marzo, 2014 | 0 Comentarios

Jennifer Lawrence y Amy Adams en La gran estafa americana

Jennifer Lawrence y Amy Adams en La gran estafa americana

Se marchó de vacío de la ceremonia de los Oscar celebrada el pasado domingo 2 de marzo. Contaba con diez candidaturas, pero ninguno de los nominados que formaba parte de la última criatura parida por ese director en estado de gracia llamado David O. Russell pudo alzarse con la estatuilla. Algunos creerán que los demás aspirantes atesoraban un altísimo nivel; otros pensarán que la cinta está sobrevalorada; también habrá algunos, pero tan solo un puñado, que considerarán que no se hizo justicia con La gran estafa americana. Pero existen muchas voces que se han unido en un único clamor, afirmando que su título representa lo que el propio film acaba siendo: un timo. Un engaño que, en primera instancia, prometía el regocijo del espectador ante su visionado, pero que termina siendo un fraude de tomo y lomo. El que escribe esta crítica no sostiene que dicho largometraje sea una mala película, ni mucho menos. La historia –basada en unos hechos reales que relatan los sucesos de la Operación ABSCAM– cuenta con uno de los elencos más destacados del último año, y aunque su ritmo sea discontinuo, avanzando gracias a los acelerones que imprimen sus mismos personajes, la cinta deja un regusto de que podría haber sido mucho más de lo que fue.

Lo que mejor funciona de La gran estafa americana son las interpretaciones de sus protagonistas, especialmente las actuaciones de un Christian Bale que sufre otra de sus ya conocidas transformaciones físicas (ganó más de veinte kilos a base de atiborrarse de donuts y hamburguesas de queso) y una Amy Adams que nos regala una faceta desconocida hasta ahora, descubriéndose como una seductora nata a la que los escotes le sientan de maravilla. Completan el reparto un Bradley Cooper que luce un curioso peinado de rizos postizos; una siempre deslumbrante Jennifer Lawrence; y un simpático Jeremy Renner que se estrena a las órdenes de David O. Russell. Es innegable la buena mano que el neoyorquino tiene para la dirección de actores. Lo demostró en el año 2010 con The Fighter, cuando Bale y Melissa Leo se llevaron sendos Oscars a mejor actor y actriz de reparto. Repitió en 2012 con El lado bueno de las cosas, con una Jennifer Lawrence que se alzó con el premio a la mejor actriz protagonista. En su última película, repetirían nominación el mismo Bale, Adams y Lawrence. Y a pesar de que ninguno de ellos consiguió recompensa, han dejado unas actuaciones brillantes, aunque ensombrecidas por una historia repleta de altibajos.

Jeremy Renner y Christian Bale de copichuelas

Jeremy Renner y Christian Bale de copichuelas

El fraude como argumento. Ése es el tema central que vertebra toda la trama de la película. Christian Bale interpreta a un estafador de poca monta que se enamora de una bellísima Amy Adams, ex bailarina de striptease. Desde el momento en que se conocen, Bale engatusa a su amada para que pase a formar parte de su negocio, y ambos personajes acaban formando un tándem infalible para inundar de verborrea barata a todo aquel que pase por su oficina. Su único fin: desplumar a quien se sienta en su despacho. De esta manera, enormes cantidades de dinero ajeno empieza a engrosar sus arcas personales hasta que el agente del FBI Richie DiMaso, encarnado por un histriónico Bradley Cooper, los chantajea para que cooperen en una operación que permitirá capturar a toda una partida de políticos corruptos y mafiosos.

David O. Russell, en esta película, pretende lograr las cotas de genialidad que sólo están al alcance de muy pocos. Léase Martin Scorsese. El estilo y la estética de la historia recuerdan a aquella magnífica Uno de los nuestros o a la archiconocida Casino, dos de los films más destacados de la filmografía del veterano director. Pero Russell no consigue llegar a ese nivel, y su historia queda retratada como un intento fallido de obra maestra. Tratar de codearse con los más grandes puede acarrear un precio elevado, y Russell lo ha pagado caro. Para más inri, la cinta ha coincidido en el tiempo con un peliculón como El lobo de Wall Street, y aunque las comparaciones sean odiosas, para el que redacta estas líneas, no hay color entre una y otra. El guión de La gran estafa americana avanza a trompicones. A ratos entretenidísima (momentos en los que sus actores dan rienda suelta a su talento) y a ratos un tanto enredada, la película se pierde entre tanto bucle de estafadores estafados y agentes de la ley que juegan a ser trileros. Eso sí, su realizador no escatima en regalarnos unos movimientos de cámara interminables marca de la casa, combinados con los elementos más estereotipados del género. Y si a estas peculiaridades le sumamos el acertadísimo trabajo llevado a cabo por parte de los departamentos de vestuario, maquillaje y peluquería – pues nos trasladan de lleno a la época más setentera de peinados alocados y camisas de botones desabrochados- el resultado acaba siendo el de una historia desigual. No es una película que transmita una sensación compacta, ya que presenta multitud de claroscuros.

El trío de estafadores de La gran estafa americana

El trío de estafadores de La gran estafa americana

Se tiene que alabar el trabajo de los actores. Sin duda, lo mejor de la cinta. Sus diálogos ingeniosos, sus broncas, sus engaños… son el aspecto que más se disfruta de toda el relato. Sobre todo cuando entra en escena una tal Jennifer Lawrence, que aunque no se llevó el Oscar a mejor actriz secundaria, nos deleita con algunos instantes para recordar. Su personaje le permite eso: lucirse. Pues el papel de esposa desequilibrada e impredecible aporta mucho picante a la trama central. Por otro lado, Amy Adams, al margen de que demuestre que es capaz de embobar a la cámara con sus irresistibles miradas, hace gala de un marcado acento inglés muy conseguido (motivo de más para ver la película en versión original). Bale, como ya nos tiene acostumbrados, se encumbra como el grandísimo actor que es con otra actuación soberbia, y encasquetándose un peluquín horrible.

Pero al excéntrico David O. Russell se le escapa la historia entre los dedos. Podría haber sido hermoso, pero todo se ha quedado en una película que, si no la sostuviera este formidable grupo de actores, hubiese pasado por la cartelera como otra peli del montón. Se deja ver, pero no es para tanto.

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Category: Críticas, Galerías

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