“Jurassic World”: Nostalgia, fórmulas y déjà vu

| 12 junio, 2015 | 0 Comentarios

El parque por fin está abierto, funciona y es... ¿completamente seguro?

El parque por fin está abierto, funciona y es… ¿completamente seguro?

Si Parque Jurásico ha alcanzado la categoría de clásico, desde luego ninguna de sus secuelas ha estado a la altura. El propio Spielberg logró algunas secuencias memorables para su continuación, El mundo perdido, pero el guión de aquella estaba más cerca de la tomadura de pelo que del cuento con moraleja de su predecesora, un film que sigue cautivando por incluir en sus ingredientes la justa dosis de ciencia ficción, suspense, espectáculo y debate moral y ecológico acerca del progreso científico del ser humano. La tercera entrega volvió a errar el tiro, firmada esta vez por un artesano del calibre de Joe Johnston, y que sólo podía presumir de una factura técnica envidiable, porque el factor guión seguía siendo el principal problema, repitiendo la fórmula de la anterior (todo se reducía a una misión de rescate) y olvidando las posibilidades del concepto original.

Tras 14 años de silencio, la franquicia se reactiva con Jurassic World, cuyo argumento toma como base la película de 1993, pero también muchas de las ideas no utilizadas en aquella que parten de la novela que lo inspiró todo, escrita por Michael Crichton, que a su vez había reciclado para ello una idea propia, la de Westworld. Para quien no le suene, esta película, que actualmente está siendo víctima de un remake televisivo, fue titulada Almas de metal en nuestro país. Una inquietante serie B de ciencia ficción estrenada en 1973 que relataba la crisis desatada en un exitoso parque temático de carácter histórico. Los visitantes interactuaban con androides aparentemente humanos en entornos que recreaban a la perfección dos épocas de la historia marcadas por la violencia: la Edad Media en Europa y el salvaje oeste en Estados Unidos. Uno de esos robots de apariencia humana, encarnado por Yul Brynner, que hacía las veces de un impacable pistolero, comenzaba a funcionar defectuosamente, y acto seguido comenzaba a asesinar por placer a todo aquel que se le ponía por delante.

Bryce Dallas Howard contempla la futura nueva atracción del parque: el Indominus Rex.

Bryce Dallas Howard contempla la futura nueva atracción del parque: el Indominus Rex.

A grandes rasgos, este es el argumento de la cuarta entrega de Jurassic World, cuyo título hace mención al parque que triunfa más de 20 años después de los trágicos sucesos acaecidos durante la fase de pruebas de Jurassic Park, y que está localizado en la misma isla que áquel. Unas medidas de seguridad realmente efectivas y unas instalaciones de última tecnología garantizan la seguridad esta vez, pero en su afán mercantilista y expansivo, sus propietarios han creado un nuevo dinosaurio para seguir captando visitantes y ofrecerles algo diferente. Ese híbrido resulta ser un monstruo bastante más inteligente y agresivo de lo esperado, y en cuento tiene la oportunidad escapa, desatando el caos en la isla, con más de veinte mil incautos visitantes en esos momentos. El asesino implacable vuelve a andar suelto, pero esta vez no es un pistolero, sino una bestia bautizada como Indominus Rex.

Colin Trevorrow, apenas un debutante dado a conocer con una bastante insulsa comedia de ciencia ficción titulada Seguridad no garantizada, se desenvuelve con eficacia como director, aunque nunca alcanza el nivel de Spielberg. Aunque a su favor hay que decir que le han puesto muchas piedras en el camino. Que la película tarde en tanto en adquirir ritmo es por culpa de un guión con demasiadas imposiciones por parte de los siempre conservadores paganinis. Las buenas ideas están ahí, pero tardan mucho en llegar, arrinconadas por los dos niños en apuros de rigor y las dos parejas en crisis, una en trámites de divorcio y otra derribando los escollos en la fase inicial de su relación. Así, la primera mitad de la cinta hace temer lo peor, no sólo por los clichés y los lugares comunes de la serie, sino porque, al parecer, no tiene nada nuevo que ofrecernos.

Chris Pratt, de cacería, junto a sus queridos velocirraptores.

Chris Pratt, de cacería, junto a sus queridos velocirraptores.

Pero cuando asoma la cara oculta y oscura de Disneyworld, ese concepto genuinamente Crichton al que había dado la espalda el director de Tiburón en Parque Jurásico, y se nos plantean turbias intrigas entre dos megacorporaciones, la que fabrica los dinosaurios, con ojos en otras aplicaciones de su ingeniería genética, y la que paga las millonarias instalaciones del parque, cuyo afán es, cómo no, seguir creciendo y multiplicar beneficios, es cuando Jurassic World comienza a remontar el vuelo. Si unimos estas ideas a un tercer acto frenético, repleto de sobresaltos y dinosaurios desbocados, el resultado final es un delicioso entretenimiento que acaba por dejar mejor sabor de boca de lo esperado.

La película tiene que enloquecer para funcionar realmente. Y gracias a Dios, enloquece. Se impone el creature feature a lo años 50, las carreras, el pánico, las muertes a diestro y siniestro y los momentos delirantes, como el de Chris Pratt yendo de cacería junto a sus velocirraptores amaestrados (bueno, no exactamente, pero algo de eso hay). Y ya que no podemos tener mucha más trama de ciencia ficción, pues se agradece que el film aproveche las posibilidades que hoy brinda la tecnología para sacar partido de un parque temático con decenas de especies de dinosaurios: Diversión pura y dura.

Bryce Dallas Howard, convertida en auténtica Pin-Up, durante el clímax de Jurassic World.

Bryce Dallas Howard, convertida en auténtica Pin-Up, durante el clímax de Jurassic World.

La pareja protagonista convence, pero más por su propio carisma y empeño en ser creíbles que por el trabajo de los guionistas. Bryce Dallas Howard es Claire, la directora del parque, y el prototipo de mujer triunfadora sin tiempo para su vida personal. Chris Pratt es Owen, un ex marine convertido en hombre para todo, experto en seguridad y en comportamiento animal, un personaje que tiene mucho que ver con el de Robert Muldoon, que interpretó Bob Peck en la película original de 1993. Dallas Howard, a la que Hollywood parecía tener injustamente olvidada, vuelve a dejar claro que lo tiene todo para ser una estrella, belleza a raudales y calidad más que probada como actriz. Pratt hace lo que puede con lo que tiene, y sale airoso. Su don de gentes y esos ecos a Harrison Ford, combinado esta vez con un sorprendente aire a Errol Flynn, están llamados a convertirle en la estrella masculina más solicitada de los próximos años.

Entre los secundarios, brilla especialmente Vincent D’Onofrio (el eterno Recluta Patoso de La chaqueta metálica o el arrollador Kingpin de la serie Daredevil de Netflix), aunque su personaje está desaprovechado, como le pasa a la mano derecha de Owen, interpretado por Omar Sy (Intocable), a Irrfan Khan (La vida de Pi, Slumdog Millionaire), el magnate que financia el parque,  o a B.D. Wong, el único actor que repite de la película original, y cuyo personaje tiene una importancia capital en el último acto… y posibles continuaciones de la serie. Todos ellos podrían haber tenido más peso y tiempo de desarrollo de no ser por el pegote de los niños. Entiendo la fascinanción que los lagartos terribles ejercen en los infantes, algo que sí que funcionaba en el clásico de Spielberg, pero aquí está muy lejos de hacerlo. Son, como la hija gimnasta de Malcolm en El mundo perdido, un lastre, una imposición comercial del estudio que perjudica más que aporta.

¿Niños y merchandising? No hay pérdida: esto es Parque Jurásico.

¿Niños y merchandising? No hay pérdida: esto es Parque Jurásico.

Demasiados guionistas, demasiadas reescrituras… demasiadas dudas por parte de Universal para dar a luz un producto fresco y original. Todo eso se nota, y mucho, en Jurassic World. Está claro que siempre hay miedo a tomar riesgos, pero esta franquicia necesita contar algo nuevo, y no volver una y otra vez sobre el esquema de la original. El mundo perdido se marcaba un epílogo impagable ambientado en San Diego, con un T-Rex desbocado por una gran ciudad, pero eso es lo más lejos que han llegado los dinos de las dos islas dedicadas a su cría y explotación comercial en esta franquicia. Al final, lo más interesante, e irónico, de este nuevo episodio es ser testigos de un parque temático completamente funcional con dinosaurios, dejando al descubierto los trapos sucios y el mercantilismo que lo mantienen en activo. No en vano, la propia película se ríe de la sobreexplotación comercial del invento. Más allá de eso, nada nuevo viene a contarnos que no supiéramos ya hace 22 años.

Por supuesto, sobran las razones para no dejar escapar esta nueva superproducción en la gran pantalla y en 3D, si puede ser (la conversión está muy lograda). Es un producto de calidad con buenos actores, acción y humor en grandes dosis, unos efectos visuales soberbios (por mucho que algunos purtistas echen de menos esta vez los animatronics) y una banda sonora espectacular, compuesta por ese gran alumno de John Williams que es Michael Giacchino. Pero, si la serie va a resucitar con éxito, algo más que previsible teniendo en cuenta la eficacia de este Jurassic World, va siendo hora de cambiar la fórmula y el escenario.

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