‘Ida’ : gris como la culpa

| 25 julio, 2014 | 0 Comentarios

En la Polonia comunista de los años 60, Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia  a punto de tomar sus votos cuya vida ha transcurrido entre  las paredes del orfanato y del convento, obtiene un permiso de unos días para ir a conocer a su tía Wanda (Agata Kulesza), su único familiar vivo. Durante su visita, Anna descubre que su verdadero nombre es Ida Lebenstern, que sus padres eran judíos y que fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque en un principio Wanda se muestra reticente a compartir nada más con su recuperada sobrina, pronto se arrepiente y decide emprender un viaje con ella para encontrar los restos de sus familiares muertos.

El diferente impacto que este retorno al pasado tiene en las dos protagonistas vertebra la última película de Pawel Pawlikowski, un austero, y a ratos muy áspero, relato sobre la identidad y su insoportable levedad. El contraste entre la personalidad y las circunstancias de estas dos mujeres marca la pauta de un trabajo que a través del drama de sus personajes nos habla del conflicto de una nación desgarrada por la Historia. Wanda, tras el trauma de la guerra, pasó de ser víctima a verdugo. Después de ser perseguida por los nazis durante la contienda, ha vivido los años posteriores como implacable fiscal capaz de condenar a muerte sin pestañear a los enemigos del régimen comunista, intentando olvidar su pasado y su conciencia con alcohol, nicotina y amores de barra. Ida-Anna, por el contrario, ha permanecido ajena a todos los cambios sociopolíticos de Polonia y sin conocer su verdadera identidad. Su concepto de culpa y de purgatorio es por tanto más abstracto, modelado por los dictados de la fe católica. El viaje que tía y sobrina emprenden juntas acarreará por tanto consecuencias muy diferentes en cada una de ellas.

Fotograma de 'Ida'

Agata Kulesza interpreta a Wanda, hermana de la protagonista

Para expresar esta dualidad, Pawel Pawlikowski recurre a una casi ascética fotografía en blanco y negro que, unida al formato de imagen de 4:3, funciona a su vez como anclaje para situar la historia en un periodo muy concreto. Estéticamente, con esa grisalla con la que todos asociamos el cine del bloque comunista de la época, Ida no sólo parece ambientada en aquellos años, sino también rodada entonces. Pawlikowski, parco y poco enfático en general, opta a veces por unos encuadres desequilibrados, en las que las figuras aparecen recortadas a la altura del pecho y empequeñecidas en la parte inferior del cuadro, rodeadas por un escenario que parece inmenso. Esto provoca un extrañamiento que siembra la duda de si están para dar algo de aire a sus personajes o para ahogarlos aún más en su fragmentada y frágil identidad.

Esta depuración formal también afecta a la música que, salvo unas breves notas,  siempre es diegética, con la mitificada alegría occidental de John Coltrane y Adriano Celentano poniendo el contrapunto a las melancólicas canciones polacas de antes de la guerra que escucha Wanda, metáfora quizás de esa primavera que no acaba de llegar. Una primavera que vivirá momentáneamente Anna-Ida y que, supuestamente, le alumbrará en su futuro camino de comunión con Dios. Si algo ha (hemos) aprendido con su viaje, es que sin culpa no hay penitencia.

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Category: Críticas

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