‘Grupo7′: los hombres de Harrelson por bulerías

| 3 abril, 2012 | 0 Comentarios

El reparto de Grupo 7 encaezado por Antonio de la Torre y Mario Casas

El reparto de Grupo 7 encaezado por Antonio de la Torre y Mario Casas

Entre los muchos lugares comunes que rodean cualquier conversación sobre el cine español, ese ente indefinido al que a veces se considera erróneamente como un género en sí mismo, uno de los más recurrentes es utilizar como baremo para medir la calidad de un filme su grado de semejanza con una producción hollywoodiense. “Esta peli es muy buena. No parece española”. Quien no haya escuchado alguna vez este argumento que tire la primera piedra. De dicha afirmación se puede inferir fácilmente que el que habla quiere decir que la película tiene una lujosa factura visual -cuando no explosiones o efectos especiales-, que sigue unas reglas de dramaturgia clásicas y que pertenece a un formato totalmente reconocible.

Las cifras de taquilla cantan: cuando se trata de cine patrio, el público prefiere los géneros. Basten como ejemplos, el éxito de Celda 211 o No habrá paz para los malvados y la buena aceptación que tiene la mayor parte del cine de terror y fantástico nacional, dentro y fuera de nuestras fronteras. ¿Debe ser esto motivo de preocupación? Sí y no. El cine de género no es malo ni bueno por naturaleza. Simplemente hay pelis buenas y no tan buenas. El problema viene cuando son los aspectos más epidérmicos de un filme los que pesan más en la valoración de la audiencia.

Grupo 7, el último trabajo de Alberto Rodríguez (After), es uno de esos títulos concebidos para demostrar al espectador español que la liga de los grandes también se puede jugar en casa. Este thriller modélico, en ambos sentidos de la palabra, arranca con fuerza y enseñando todo su potencial: una persecución policial por las azoteas de Sevilla mostrada a través de un espectacular plano aéreo.

Como en toda cinta de género, en pocos minutos ya tenemos definidos a los personajes principales. Ángel (Mario Casas), un aspirante a inspector cabal y compasivo, y Rafael (Antonio de la Torre) , un policía más violento y curtido. Ambos forman parte del Grupo 7, una brigada antivicio encargada de acabar con el tráfico de drogas y la prostitución de la capital hispalense antes de que se inaugure la Exposición Universal de 1992. Para lograr sus objetivos, esta unidad policial utilizará unos métodos muy discutibles que, aunque les encumbran a lo más alto, acabarán pasándoles factura.

Con esta historia, Alberto Rodríguez teje un thriller ágil que retrata los bajos fondos de Sevilla, un universo poblado de meretrices, drogadictos, sucias callejuelas y barriadas infectadas de criminalidad, donde los polis duros fuman Ducados y rezan a la Virgen. Todo muy castizo, vaya. En este sentido, el director de 7 vírgenes consigue que la ciudad que acogió la Expo parezca el Nueva York de French Connection, o Los Ángeles de Los hombres de Harrelson.

Es en las redadas de este particular Grupo 7 donde la película crece, gracias a la capacidad del cineasta para crear imágenes con brío. Sin embargo, los forzados dramas personales de los diferentes componentes de la brigada delatan su dependencia de las convenciones del género. Como dice cualquier manual de guión, todo personaje ha de tener su motivación y las del Grupo 7 flojean. El policía interpretado por Mario Casas vive su misión como un modo de superar su diabetes. Antonio de la Torre, por su parte, concibe su lucha contra la droga como una penitencia por no haber podido salvar a su hermano yonki, algo que le lleva incluso a ejercer de amante protector de una joven drogodependiente, en una subtrama del todo prescindible.

Grupo 7 es un buen thriller, capaz de enorgullecer a los que quieran ver en este filme la versión ibérica de French Connection. El clásico de William Friedkin mantiene su vigencia, más allá de su eficacia como película policial, porque da testimonio de una manera de hacer cine de una época determinada, los años 70, donde se renovaban los géneros con innovadoras propuestas visuales. Por el contrario, el filme de Alberto Rodríguez, irreprochable en su ejecución, quedará como un digno, pero no audaz, ejemplo del cine comercial de calidad que triunfa en nuestro país en este momento. Tan impecable en sus formas, como convencional en el fondo. Como dijimos al principio, dependiendo de cuáles sean nuestros estándares de calidad, estaremos hablando de una película buena o de un filme excelente. Al fin y al cabo, no a todo el mundo le parece una buena idea que Madrid vaya a contar con su propio Las Vegas.

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Category: Críticas, Destacados

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