La Gran Belleza: El provocador poema de Paolo Sorrentino

| 13 enero, 2014 | 0 Comentarios

Fotograma de La Gran Belleza de Paolo Sorrentino

Fotograma de La Gran Belleza de Paolo Sorrentino

Retratar la hermosura en medio de un paisaje decadente, que despide fuertes hedores putrefactos; algo moribundo que sigue bebiendo de la gloria resplandeciente de un pasado condenado a recordarse. Una historia repleta de paradojas, de extremos tan opuestos que se rozan hasta provocar una chispa que otorga al conjunto la luz necesaria para iluminarlo todo de un color bizarro, extrañamente atractivo y seductor. Estamos ante una de las apuestas narrativas más atrevidas del recién acabado 2013; un ejercicio visual tan abstracto y libre que uno no puede soltarse de su abrazo. El magnetismo de La gran belleza embelesa por su estilo y por su historia. En su día, Roma llegó a ser la capital de todo un imperio y del mundo, y aún se la recuerda por la grandeza de tiempos pasados. Las construcciones de aquella época aún se sostienen, a duras penas, como vestigios de un periodo memorable, digno de ser desenterrado para que no caiga en el olvido y uno pueda regodearse en su esplendor oxidado. Paolo Sorrentino nos invita entrar en un circo plagado de celebridades venidas a menos, de una opulencia tan ordinaria que abochorna. Una radiografía de una ciudad que, del mismo modo que los protagonistas del film, parece no querer mirar hacia adelante. Un paralelismo osado, pero que vale la pena disfrutar.

El espléndido trabajo de Jep Gambardella en La gran belleza

El espléndido trabajo de Jep Gambardella en La gran belleza

La película se inaugura en un momento de éxtasis, de máximo apogeo. Como si del mismísimo final de la historia se tratase. Nos hallamos en la terraza de un edificio que domina parte de la ciudad romana donde se celebra una juerga por todo lo alto. Es de noche, y en la fiesta podemos encontrar a los sujetos más vulgares de la capital italiana; los miembros de una jet set que dicen vivir del arte y de la vida contemplativa. Un grupo de hedonistas y de supuestos románticos moviéndose al compás de una coreografía tan falsa como sus vidas. Y en medio del baile y de la locura que inunda la pantalla, se erige un personaje por encima de los demás, el cual acabará siendo el protagonista absoluto del film. Con una sonrisa socarrona y una frase de presentación que pronuncia para el público para que nos hagamos una idea de cómo es Jep Gambardella, o cómo desea que lo veamos: “yo estaba destinado a la sensibilidad”. Una consigna que pretende ser sincera, dicha de la manera más solemne, pero que no casa con el entorno festivo que rodea al protagonista. En ese momento, el personaje interpretado a las mil maravillas por Toni Servillo ya se adivina como alguien que pretende ofrecer una imagen al espectador, mientras regala otra bien diferente a sus superfluas amistades. Un periodista más que veterano que continúa viviendo de una novela que escribió cuarenta años atrás, que le dio fama y lo lanzó al estrellato. Desde entonces, Gambardella se ha dedicado a vivir codeándose con los personajes más variopintos de la alta sociedad romana. Una vida repleta de lujo y comodidades, donde cuesta creer que el más mínimo atisbo de sinceridad pueda asomarse entre tanta camaradería postiza.

La Gran Belleza de Paolo Sorrentino

La Gran Belleza de Paolo Sorrentino

El viaje que emprende el protagonista de la historia parece no tener un rumbo fijo, y tal vez eso viene dado por la estructura bellamente caótica del largometraje. Parece un paseo por los infiernos el que recorre Gambardella, donde todas las relaciones que establece con el resto de personajes ponen de relieve el hastío de una aristocracia que se niega a desnudarse en público, con ese armazón diseñado para proteger sus verdaderas preocupaciones o inquietudes. Todos disfrazando sus vidas con una capa de barniz que oculta su auténtica identidad. Roma actúa como el escenario donde se desarrolla toda la trama, con sus monumentos y estatuas que presencian, silenciosas, la degradación de una sociedad que, como ellas, sigue evocando el pasado como un elemento apaciguador de su decaimiento.

Sorrentino hace uso de todo tipo de recursos metafóricos para que hallemos cierto encanto en medio de las vidas vacías de sus personajes. La estética preciosista de la película hace que naveguemos por unos ambientes hermosamente grotescos, donde lo sórdido de su relato se convierte en un recorrido hipnótico. Y es ahí donde reside el motivo por el que no podamos apartar la mirada de la gran pantalla. Como si fuésemos víctimas de algún hechizo, Sorrentino es capaz de detectar la belleza entre las miserias que pueblan la historia. Es gracias al magnífico uso de la cámara aérea y de una excelente puesta en escena que nos dejamos llevar por el devenir incierto de la narración. Enseguida sentimos simpatía por un Jep Gambardella que trata de buscarse a sí mismo entre tanta manada de libertinos que viven cada noche como si fuese la última. Los sentimientos del periodista hacen acto de presencia en sus momentos más íntimos, cuando su soledad le permite dar rienda suelta a lo que realmente le importa.

La Gran Belleza consigue el Globo de Oro a mejor película extranjera

La Gran Belleza consigue el Globo de Oro a mejor película extranjera

A raíz de la muerte de un antiguo amor de juventud, Gambardella transforma el techo de su habitación en un mar que le recuerda al día en el que floreció ese romance. Parece que la búsqueda de la belleza se centre en rememorar los que, posiblemente, fueron los únicos momentos en los que el protagonista vivió de verdad, alejándose del cadáver andante en el que se convirtió con el paso de los años. Son esos pasajes de la película los que exponen las dudas que Jepp tiene acerca de su forma de vida actual. Se cobija en su habitación para hallar un remanso de paz entre toda la jauría de vividores que forman parte su insípida existencia. Pero cuando sale a su terraza, las privilegiadas vistas que tiene frente al Coliseo le recuerdan quién es: alguien que se encuentra en la cúspide de la sociedad, y que observa el paisaje espléndido y ruinoso que le rodea con nostalgia.

Los 142 minutos que ha utilizado Sorrentino para homenajear a Roma y al cine de Fellini le han valido para alzarse, esta pasada madrugada, con el Globo de Oro a la Mejor película extranjera. Una historia en forma de poema provocador que es capaz de descubrirnos la belleza en los rincones más oscuros.

Probablemente, la película que más he disfrutado de todo el 2013.

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Category: Críticas, Galerías

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