“Eternal”: Cuando Gandhi se convirtió en Green Lantern

| 17 julio, 2015 | 0 Comentarios

Ryan Reynolds, el nuevo y lozano cuerpo de un moribundo Ben Kingsley -al fondo-.

Ryan Reynolds, el nuevo y lozano cuerpo de un moribundo Ben Kingsley -al fondo-.

Ryan Reynolds es puro veneno. Esa cara de pocas luces, esa sosería natural, esa incapacidad para transmitir poco más que una urgente necesidad de ir al lavabo de caballeros… Y si su presencia ya es suficiente para poner en entredicho cualquier proyecto, el que un cineasta tan insulso como Tarsem Singh (La celda) sea el director de su nueva película acaba siendo en el último clavo del ataúd de esta cinta de ciencia ficción que combina numerosos elementos de otros tantos largometrajes y novelas del género, algunas de ellas extraidas del universo literario de Philip K. Dick y otras, más célebres, como dos clásicos de Paul Verhoeven como Robocop y Desafío Total (esta última inspirada también en un relato de K. Dick).

Esta mala fortuna para elegir al equipo artístico parece haberse hecho extensiva al guión, dando la espalda a las infinitas posibilidades de la premisa.Los hermanos Álex y David Pastor están detrás del libreto, y aunque ambos han demostrado ser autores interesantes, gracias a películas como Infectados o Los últimos días, aquí sucumben a los tópicos más trillados, aparcando las ideas más jugosas de la historia para servirnos una vulgar cinta de acción con buenos muy buenos, rutinarios tiroteos y persecuciones, malos malísimos y la eterna familia desamparada que tanto gusta a los productores norteamericanos. No estaría de más recomendar la lectura de la magna trilogía de Marte, obra de Kim Stanley Robinson, a los responsables de esta película, y en la que se trata el tema de una manera bastante más inteligente y plausible, a través de esos denominados tratamientos de longevidad que, por cierto, hoy algunos científicos estudian hacer posible.

La insondable mirada del inefable Ryan Reynolds.

La insondable mirada del inefable Ryan Reynolds.

Y eso que el arranque parecía ofrecer algunas ideas estimulantes y personajes con zonas grises, como ese magnate millonario carcomido por el cáncer e interpretado por un Ben Kingsley eficaz, aunque con cara de tener prisa por cobrar el cheque. Y no es sorprendente, porque esto, al final, de lo que va es de cambiarse el cuerpo para evitar la muerte. Y así, Kingsley hace mutis por el foro antes de que se cumpla el minuto 20, ya que su personaje da el paso, cayendo en manos de una oscura organización que le proporciona uno, guapo y atlético, cómo no, y que no es otro que el de Ryan Reynolds (ahí es nada, del ganador de un Oscar por Gandhi al doble finalista al Razzie por Green Lantern y El cambiazo). Antes de proceder, le informan de que se trata de un ser humano desprovisto de mente (eso  sí que nos lo creemos) y creado en un laboratorio. Pero, claro, una vez dentro su nuevo “envoltorio”, el “resucitado” millonario no sólo redescubre el sexo, con las bondades añadidas de hacerlo en pleno siglo XXI, sino que además comienza a tener unas extrañas visiones que no son sino… exacto, lo han adivinado: recuerdos, porque este cuerpo pertenecía a un soldado norteamericano que, para poder permitirse el tratamiento que podía curar a su hija enferma, entregó su vida a esta empresa sin escrúpulos, siempre en busca de materia prima con la que poder facilitar cuerpos frescos a sus exclusivos  clientes.

Natalie Martinez sostiene en sus brazos a Jaynee-Lynne Kinchen: la familia a la fuerza del protagonista de Eternal.

Natalie Martinez sostiene en sus brazos a Jaynee-Lynne Kinchen: la familia a la fuerza del protagonista de Eternal.

Y, claro, cuando uno es un ex marine con el careto de Ryan Reynolds, tiene que convertirse en héroe, y a partir de ese momento, sin comerlo ni beberlo, deberá proteger a esa familia que no venía precisamente especificada en el contrato de cambio de cuerpo, ni siquiera entre los efectos secundarios de semejante tratamiento de impacto. Pero como no hay mal que por bien no venga, servirá para redimir los viejos pecados del magnate millonario. Por una parte, porque ahora ha descubierto lo que es haber servido, de verdad, a su país, y no como hombre de negocios, sino como soldado; y por otra, y más importante, porque se le presenta la segunda oportunidad de criar a una hija como Dios manda. Y es que antes de someterse al tratamiento milagroso de inmortalidad, hemos sabido de la complicada y distanciada relación que mantiene el tipo con su hija, que además le ha salido perroflauta y regenta una emergente ONG (ella es, por cierto, Michelle Dockery, conocida especialmente por su papel de heredera algo estiradilla en la excelente Downton Abbey).

Su bagaje en el mundo de la publicidad y el videoclip permite al director de The Fall: El sueño de Alexandria otorgarle al film un look vistoso, pero parece que  al dejar patente esa experiencia audiovisual, el cineasta indio se ha olvidado de la necesidad de hacer interesantes a sus personajes o mejorar el guión que tiene entre manos. Eternal, que así es como han querido los distribuidores españoles rebautizar ese más prometedor título original que es Self/Less, definitvamente, es una oportunidad perdida, una de esas películas que no hay por dónde salvarlas, y eso que un servidor hace lo que puede por destacar siempre lo positivo, pero hay proyectos que nacen tocados por la fatalidad, y este es uno de ellos.

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Category: Críticas, Destacados

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