Elysium: Y que quede bien claro

| 9 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Matt Damon y Sharlto Copley, héroe y villano de "Elysium".

Matt Damon y Sharlto Copley, héroe y villano de “Elysium”.

Muy difícil lo tenía Neill Blomkamp para igualar el éxito artístico y económico que supuso su debut, Distrito 9, una cinta de ciencia ficción con mensaje que llegó incluso a ser finalista a la Mejor Película, algo tan merecido como inusual en esa vomitiva farsa anual que son los Oscars. Su segundo largometraje repite fórmula, es decir, cine fantástico con reflexión política y social. Y si en su anterior trabajo exploraba el drama de los refugiados a través de una incursión alienígena no deseada en nuestro planeta, en Elysium se olvida de la metáfora y habla a las claras de la necesidad de una sanidad universal, de los motivos de la inmigración y del eterno conflicto de clases, además de alertarnos sobre los peligros de la nueva precariedad laboral, y es que por mucho que se aleje en el futuro, la mirada del cineasta sudafricano está puesta en nuestro más inmediato presente.

En el año 2154 sólo hay dos clases de humanos: los que tienen de todo y los que no tienen de nada. Los primeros viven en Elysium, una gigantesca estación espacial en la que uno puede aspirar a vivir eternamente, además de disfrutar de todo tipo de comodidades y lujos.  El resto de personas, los desposeídos, viven en la Tierra, fabricando robots que actúan de sirvientes para los ricos y de aparato represor para los pobres. Además, esta mano de obra masiva y barata garantiza a los privilegiados los escasos recursos naturales que todavía puede ofrecer un ya maltrecho planeta. Un planteamiento que a cualquier espectador con ciertas inquietudes y, sobre todo, a un buen aficionado a la ciencia ficción, pondrá los dientes largos. Sin embargo, el comienzo de la película pone al descubierto su talón de Aquiles: un más bien baboso flashback que nos transporta a la infancia del protagonista, donde no sólo descubrimos al que será el amor de su vida, sino en el que además una monja anuncia a nuestro héroe que está destinado a hacer grandes cosas en el futuro.

Las pateras también llegan a Elysium.

Las pateras también llegan a Elysium.

Es este un film obvio, de mensaje omnipresente, casi machacón. Ahora bien, aunque esto sea contraproducente, entre otras cosas porque anula la capacidad de sorpresa y toma a la mayor parte de la audiencia por tonta, conviene pensar que estamos ante una superproducción de corte bastante izquierdoso que arranca, para más inri, hablada en español. Ese es otro de los buenos detalles de su planteamiento. En la ciudad de Los Ángeles del siglo XXII la mayoría habla el idioma de Cervantes. Y la segunda lengua oficial es el inglés. Los ricos, por contra, hablan principalmente inglés y francés. Pero no destripemos más el argumento, la cuestión es que para poder hacer realidad un proyecto tan ambicioso y costoso en Hollywood hay que pagar ciertos peajes. Aparte de que todo esté muy masticadito para que lo entienda el gran público (norteamericano principalmente), lo importante aquí es que estamos ante una película de acción futurista, subgénero del que es gran partidario Blomkamp, al que vimos poner en práctica todo tipo de pirotecnia visual en el último tramo de Distrito 9. Los fuegos artificiales tardan mucho menos en llegar en Elysium.

Antes de que nos demos cuenta, la distopía maravillosamente recreada en sus primeros 30 minutos da paso a una montaña rusa de acción que aunque divertidísima se revela inmediatamente como un espectáculo convencional y muy predecible. Es lo malo de crear expectativas, la decepción no tarda en hacer acto de presencia. Pero no hay que olvidar que, a fin de cuentas, Elysium no aspira a la grandeza, más bien a ser un entretenimiento con corazón y un espacio reservado para la denuncia. Una, por otra parte, absolutamente oportuna en estos días, por obvia que sea. Y es que el reparto no equitativo de la riqueza, la explotación del tercer mundo, los excesos y abusos de los poderosos, la paulatina destrucción de los derechos laborales, así como la persecución-difamación de los organismos que los defienden, o  la privatización imparable de uno servicios que hasta hace poco garantizaban nuestros impuestos  son una realidad incontestable en la actualidad. Todo esto se puede decir con mayor o menor sutileza… pero desde luego conviene denunciarlo. Elysium lo hace a su manera. Burda, sin duda, pero al menos expresada un rotundo sentido de la moralidad, dejando a un lado el cinismo tan habitual en nuestros días de analistas y medios de comunicación  afines al partido político de turno.

Matt Damon, Alice Braga y Emma Tremblay pasándolas canutas en el clímax de "Elysium".

Matt Damon, Alice Braga y Emma Tremblay pasándolas canutas en el clímax de “Elysium”.

Dicho esto, hay que destacar la mayor baza de la cinta, su apabullante envoltorio visual, con un extraordinario trabajo de diseño y unos asombrosos efectos visuales (este año, sin duda, hemos tocado un nuevo techo en este sentido). Y el atractivo y solidez al conjunto que suele otorgar un reparto tan ilustre como eficaz. El resultado es una película en buena medida satisfactoria. Quizá no lo que muchos esperábamos tras la revelación que supuso en 2009 Distrito 9, pero desde luego sí que un estupendo entretenimiento de apenas 109 minutos, lo que no es moco de pavo para el hipertrofiado y más bien descerebrado Hollywood del siglo XXI. Tiene todavía mucho tiempo para sorprendernos el bueno de Neill Blomkamp, que cumplirá 34 añitos el próximo mes de septiembre, y que ya prepara su siguiente largometraje, Chappie, una comedia de ciencia ficción. Yo no pienso perdérmela.

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Category: Críticas

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