El Llanero Solitario: La seducción del caos

| 30 julio, 2013 | 1 Comentario

Johnny Depp y Armie Hammer, protagonistas de 'El Llanero Solitario'.

Johnny Depp y Armie Hammer, protagonistas de ‘El Llanero Solitario’.

Ya hemos leído unos cuantas y predecibles coletillas por parte de la crítica… que si es un tren descarrilado…  que si es los Piratas del Caribe en silla de montar… generalizar y etiquetar acaba por ser lo más fácil a la hora de analizar esta compleja y ambiciosa superproducción que pasa estos días sin pena ni gloria por la taquilla de medio mundo tras una un rodaje problemático y una pésima campaña publicitaria que ha dejado frío a la mayor parte de su público potencial. Pero a pesar de sus defectos y excesos, El Llanero Solitario es de esas películas que acaba dejando buen sabor de boca gracias a sus numerosos aciertos, que acaban por ser más que sus malas decisiones. La peor, sus 149 minutos. ¿Por qué? Una vez más, la dichosa elefantiasis fílmica. Eso que ya sufrían todas y cada una de las entregas de Piratas del Caribe. Segmentos del film sobredimensionados, reiterativos y que básicamente nada aportan al conjunto, lastrando la narración innecesariamente. Hollywood parece empeñado en justificar todos y cada uno de los dólares invertidos, y pretende disimularlo dilatando el espectáculo. Obligando a los espectadores a empacharse para que no se arrepientan de haber comprado la entrada. No tienen en cuenta que la mayoría pasamos medio día en la sala de cine no sólo viendo sus películas, sino soportando también el aluvión de publicidad y tráilers que uno tiene que zamparse antes de la proyección. Pero más importante aún, el cine de género debe ser entretenido. Y puede serlo durando hasta tres horas, pero no de forma tan habitual. No hace tanto, poco más de hora y media resultaban más que suficientes para despachar una de aventuras.

A El Llanero Solitario le sobran fácilmente 30 minutos. Es una película que nada en un caos de personajes y subtramas accesorias que de haberse pulido en guión o, incluso, en montaje, habría dado lugar a un entretenimiento modélico acerca de dos hombres con diferente manera de entender la justicia condenados a entenderse: un nativo americano con sed de venganza y un hombre de leyes obligado a saltárselas para combatir la corrupción y fechorías de un magnate del ferrocarril y sus secuaces. También es verdad que, a pesar de ser un producto comercial, es ante todo un film personal. Gore Verbinski ha sabido desarrollar un estilo propio y aquí, más que nunca, deja al descubierto sus propios intereses como narrador. Su película se regodea en el arte de contar… comienza con un niño en un parque de atracciones cautivado por la figura de un decrépito Comanche que pronto se convierte en el narrador de la historia. Es un prólogo repleto de encanto, visualmente irresistible a pesar de su evidente melancolía. Una perfecta declaración de intenciones. Ahora bien, cuando nos metemos en materia descubrimos que muchos detalles de la historia impiden volar libre al cineasta. Hacer realidad lo que prometen esos primeros minutos.

Helena Bonham Carter poniendo algo de pimienta al conjunto.

Helena Bonham Carter poniendo algo de pimienta al conjunto.

El guión insiste en detallar las motivaciones de la pareja protagonista, así como del villano, lo que no es malo, por supuesto, pero esas tres subtramas podrían haber sido condensadas con mayor capacidad de síntesis. Para colmo, personajes como el del antiguo amor del protagonista acaban por resultar escollos. Y otros, más interesantes sin embargo, como el que interpreta una despampanante Helena Bonham Carter, no aportan nada en lo argumental, pero encajan sin embargo a la perfección en el barroco y delirante universo visual del film. Una contradicción elocuente. Forma por encima de fondo. Algo así como le pasaba a la excelente Sleepy Hollow de Tim Burton, donde la gracia estaba en el envoltorio y no en el guión, por mucho que éste se preocupara en despistarnos con giros argumentales y mantener un falso suspense . En aquella ocasión Burton jugaba a recrear por todo lo alto un estilo de cine prácticamente olvidado, y lo lograba en tan sólo 105 minutos. Lo justo para una película sin mayor pretensión que la de hacer disfrutar a su público con un entretenimiento de calidad.

Detrás de su apabullante y a ratos agotador envoltorio, El Llanero Solitario oculta una naturaleza más sencilla e ingenua, tiene alma surrealista e irreverente, sin miedo a resultar kitsch porque recrea con cariño, pero también ojo paródico, esos westerns imposibles de principios del siglo XX, protagonizados por estrellas hoy casi desconocidas para la mayoría, como fueron Broncho Billy Anderson o Tom Mix. De hecho, la película comienza en esos años años para trasladarnos desde ahí a un pasado recreado eminentemente desde el prisma cinematográfico, uno muy ancho y generoso en el que caben todo tipo de referencias, desde El maquinista de la general, pasando por Grupo salvaje y Hasta que llegó su hora. Y habrá quien se pregunte qué demonios tienen que ver Sam Peckinpah y Sergio Leone con los seriales y las exageradas e infantiles películas del oeste de los años años 10 y 20 del siglo pasado. Pero esa es la apuesta de Verbinski: La amalgama de estilos, el atracón referencial sin orden ni medida. A veces encantadoramente ingenuo y ligero, otras sorprendentemente violento y oscuro.  La cuestión es que el resultado acaba por desconcertar. Pero si uno se deja llevar y sabe leer entre líneas, puede acabar fascinado o, simplemente, disfrutar de esos momentos en que la película se transforma en un gigantesco y ruidoso juguete para cinéfilos.

Mención aparte merece su  homenaje al serial radiofónico de los años 30 que vio nacer al personaje antes de que éste se hiciera carne en la pequeña pantalla allá por septiembre de 1949. Y lo hace, sobre todo, durante la deslumbrante apoteosis final, una secuencia memorable en la que suena a todo trapo la espectacular adaptación que Geoff Zanelli ha hecho de la inmortal obertura de Guillermo Tell de Gioachino Rossini, música siempre  presente en cada entrega radiofónica de sus aventuras. Sí, Zanelli, y no Hans Zimmer, autor de la banda sonora, que ya dejó claro que no le gustaba la idea de utilizar esa pieza y se desentendió de ella en el clímax de la película. Él se lo pierde. Es  sin lugar a dudas el mejor momento del film y uno que por sí solo justifica el precio de la entrada.

No han reventado la taquilla precisamente, pero hay que reconocer que su película es explosiva.

No han reventado la taquilla precisamente, pero hay que reconocer que su película es explosiva.

Pero además de su tendencia al caos, otro factor determinante en la ola de desprecio que El Llanero Solitario ha levantado entre la crítica mundial es Johnny Depp. Su gusto por la caricatura, el exceso de maquillaje y los personajes extremos ha terminado por convertir en detractores a los que antes eran fieles admiradores de este excéntrico y versátil actor. El que haya elegido encarnar al nativo americano que acompaña al aparentemente insulso héroe de la película es una de esas decisiones que ha jugado en contra durante su promoción. Sin embargo, Depp tiene gracia en la piel de Tonto. Y funciona a un nivel parecido que el del caballo del héroe, Silver, cuya y persanlidad y maneras parecen salidas de un cartoon de Tex Avery. Depp, por su parte, emula más que nunca a sus ídolos del cine mudo, como Buster Keaton y Harold Lloyd. No es el protagonista sino el corazón de la historia, y busca encajar más que imponerse, como ocurre con otras estrellas que acaban por transformar una superproducción para adaptarla a sus limitaciones y gustos personales. Está claro que Verbinski y Depp comparten sensibilidades, pero ambos forman parte de lo bueno y no de lo malo a la hora de hacer balance. Tampoco es que Armie Hammer, cuyo personaje da título a la cinta, sea lo que parecía por los avances. Es soso, sí, pero voluntarioso y logra desplegar cierto encanto. Aunque está claro que no es el actor más apropiado.

A estas alturas muchos pensarán si merece la pena debatir tanto acerca de una película con tan mala estrella. ¿Y por qué no? Sé que estoy en amplia minoría, pero no soy el primero que insinúa que probablemente estemos ante una película incomprendida, fácilmente abucheada por sus notables defectos, pero con la suficiente personalidad y carisma para que merezca otra oportunidad dentro de uno o dos años, ya asentada la frívola polvareda mediática y olvidados esos cochinos números. La taquilla no hace buena ni mala a una película. El tiempo sí. Ya veremos lo que éste tiene que decir al respecto.

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Category: Críticas, Destacados

Comentarios (1)

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  1. Luis dice:

    He d decir que a mí me ha parecido un auténtico coñazo. Demasiado larga, personajes poco definidos y guión para echar a correr. Menos mal que no pagué por verla. Demasiado benévolo eres con ella, Guillermo.

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