‘El Hobbit: La Desolación de Smaug': De dragones y hombres

| 13 diciembre, 2013 | 0 Comentarios

Un encuentro muy esperado.

Un encuentro muy esperado.

Es curioso como, leyendo un buen puñado de críticas sobre La Desolación de Smaug, se percibe cierta resignación por parte de algunos de los más combativos opositores a la mastodóntica adaptación cinematográfica que está realizando Peter Jackson de la pequeña y entrañable novela infantil de J.R.R. Tolkien. Una vez asumida la cercanía en tono y estructura a la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos, es más fácil digerir una segunda entrega de dos horas y cuarenta minutos. O simplemente es que ya estamos curados de espanto.

Apenas queda nada ya de esa prosa jugetona y amigable del texto original. Jackson se ha llevado la historia a su terreno, y en este capítulo intermedio se decanta por un tono más oscuro e inquietante que el su predecesora, donde había tiempo hasta para cantar (esta vez no), logrando algunos momentos ciertamente logrados y deudores del cine que mejor supo hacer en los inicios de su carrera. Pero a pesar de que la cinta, en términos generales, resulte más dinámica, urgente y entretenida, no deja de ser evidente que seguimos inmersos en una versión engordada de la novela. La película se abre con un prólogo que nada viene a aportar a lo que ya sabemos después de las tres horas anteriores de Un viaje inesperado. Un insulso flashback cuyo objetivo es refrescarnos un poco la memoria acerca de los objetivos de Thorin y compañía, algo innecesario porque esto es algo que no dejan de sacar a colación los enanos cada vez que tienen la oportunidad. Y en dos horas y cuarenta minutos hay bastantes ocasiones de hacerlo.

La persecución de los barriles, uno de los platos fuertes de la película.

La persecución de los barriles, uno de los platos fuertes de la película.

Una vez superada esta introducción hay que reconocer que el film parece volar. Las escenas de acción no parecen metidas con calzador, como en la primera mitad de Un viaje inesperado, y la historia parece avanzar con agilidad. Pero, al igual que aquella infame parada en Rivendel, tras una soberbia aunque algo escasa de gore secuencia en la que los viajeros deben hacer frente a unas arañas bastante crueles en el Bosque Negro, el grupo es apresado por los elfos y es entonces cuando vuelven los problemas. No sólo porque los elfos del universo cinematográfico de Jackson son de lo más desafortunado en cuestión de diseño, sino porque el peor de todos ha vuelto: Orlando Bloom. Y para colmo de males, se le une un personaje llamado Tauriel interpretado por una actriz que podría rivalizar en mediocridad no sólo con el bueno de Bloom, sino con la infumable Liv Tyler. Evangeline Lilly es, al igual que lo fue la Tyler, un lascivo capricho de Peter Jackson, y junto a Orlando Bloom es, con diferencia, lo peor de esta segunda entrega de la trilogía, y eso que forman parte de algunas de las mejores escenas de acción de la película, aunque sus mayores proezas están ejecutadas realmente por alucinantes dobles digitales de ambos actores. Lo que nos lleva a la persecución de los barriles, divertidísima, frenética y maravillosamente ejecutada, y eso a pesar de que hayan colado un par de planos grabados con alguna cámara de vídeo de baja resolución desde el interior de algunos de los barriles. Una concesión al folloneo bastante fuera de lugar. Y es que el único que nunca falla en esta franquicia, aparte de Ian McKellen, más breve de lo habitual esta vez, es el compositor Howard Shore, que aquí se marca otra partitura original sencillamente memorable.

Tauriel y Legolas: lo peor de La Desolación de Smaug.

Tauriel y Legolas: lo peor de La Desolación de Smaug.

Los humanos, por su parte, funcionan bastante mejor, con un algo desaprovechado Stephen Fry a la cabeza, y el segmento de la Ciudad del Lago, aparentemente acelerado (suena irónico con semejante duración) y con un deslumbrante decorado que recuerda un poco a los barrios bajos del Oliver de Carol Reed, deja caer algunas buenas ideas sobre el clima de entreguerras que pretende describir esta trilogía, anunciándonos que la Tierra Media está a punto de ser engullida por un período de oscuridad. Así, de forma paralela, Gandalf viaja hasta Dol Guldur para descubrir la verdadera identidad de ese villano en las sombras que es el Nigromante, mientras los enanos, tras su entente a la fuerza con los humanos, llegan por fin a su destino, en la Montaña Solitaria. Ninguna de estas tramas se cierra, pero al menos este segundo episodio abre las suficientes para que salgamos del cine con ganas de ver el siguiente, algo que no lograba ni por asomo Un viaje inesperado. Como añadido que es, quizá el asunto del Nigromante resulta más descuidado narrativamente, pero la decisión de acabar la película con un cliffhanger (o, dicho en cristiano, en suspenso) parece bastante acertada, teniendo en cuenta que la ambiciosa adaptación de la obra de Tolkien por parte de Jakson está más cerca en espíritu a una lujosa serie de televisión que a una saga cinematográfica. Y es que, el otro día, mientras  le daba una oportunidad a la versión extendida de Un viaje inesperado, confieso que pude disfrutarla algo más al verla en dos sentadas, y no de un tirón.

La espectacular Ciudad del Lago.

La espectacular Ciudad del Lago.

La Desolación de Smaug también acaba cansando (al menos a mí), y cuando llega la larga traca final, que alterna lo que ocurre en Dol Guldur, la Ciudad del Lago y el interior de la Montaña Solitaria, uno ya ha tenido más que suficiente a esas alturas. Sin duda, vale la pena esperar para ver al gigantesco dragón intercambiar ese delicioso diálogo con el hobbit, que, como ocurría en el encuentro entre Gollum y Bilbo, nos devuelve por unos instantes a la novela original. El problema es que al fraccionar todo este segmento, Jackson pierde intensidad y fluidez, aunque no niego el triunfo cinematográfico que supone Smaug. Desde aquella maravillosa y algo olvidada película que fue El dragón del lago de fuego, jamás había visto en el cine un escupefuego con todas las de la ley. Citando dos hitos en este sentido, el de Dragonheart era un baboso con cara de bonachón y el de Harry Potter y el cáliz de fuego, por espectacular que fuese, pecaba de breve por exigencias del guión. Es una pena que no podamos disfrutar de la voz de Benedict Cumberbatch al cien por cien (diluida en el maldito reverb) pero, qué demonios, Smaug es imponente, un prodigio de diseño: inmenso, aterrador y un villano con todas las de la ley.

Sí, más de bueno que de malo tiene este segundo capítulo de El Hobbit. Nos devuelve en algunos momentos al mejor Jackson, aunque por el camino nos recuerde también lo peor de la trilogía de El Señor de los Anillos. Un ejercicio de coherencia, al fin y al cabo, no apto para neófitos, pero sin duda satisfactorio y hasta masturbatorio, me atrevería decir, para cualquier fan de este universo cinematográfico.

Tags: , , , , , , , , , , , , , , ,

Category: Críticas, Destacados

Deja un comentario