“El Gran Hotel Budapest”: 99 minutos de Síndrome de Stendhal

| 14 julio, 2014 | 0 Comentarios

Es una maqueta. ¡Pero qué maqueta!

Es una maqueta. ¡Pero qué maqueta!

Salgo de la proyección de El Gran Hotel Budapest abrumado. Siento emoción, pero también depresión. Sé que acabo de gozar una obra maestra de cabo a rabo. Desde el primer plano hasta los títulos de créditos, cuyos últimos segundos tienen como invitado a un cosaco animado contagiado por la maravillosa pieza musical que los acompaña. Debería estar saltando de alegría al confirmar que Wes Anderson sigue en la cresta de la ola tras tocar techo con la milagrosa Fantástico Mr. Fox y seguir en lo más alto con la deliciosa Moonrise Kingdom. Pero da pena abandonar la sala y volver a la mediocridad de de nuestros quehaceres diarios, porque por muchas cosas hermosas que haya a nuestro alrededor, nunca están tan juntitas y bien avenidas como en El Gran hotel Budapest.

No conviene revelar demasiado de su argumento, aunque podríamos decir que es la historia de un escritor que desvela la inspiración de su obra más conocida, basada, a su vez, en las vivencias del empleado de un hotel europeo en período de entre guerras. Sólo que esta Europa es imaginaria, con fronteras, países y tensiones políticas que sin duda nos serán familiares, pero que no son las que todos conocemos. Una fábula con la dosis necesaria de fantasía que Wes Anderson enriquece con una dirección artísitica y una puesta en escena deslumbrante, de una belleza y una exquisitez nada habituales en el cine de hoy en día, reforzadas con un reparto tan ilustre como adecuado y entregado a semejante proyecto.

Un reparto de cinco estrellas.

Un reparto de cinco estrellas.

Mención aparte merece la extraordinaria dirección de fotografía de Robert Yeoman, habitual de Anderson, la memorable banda sonora del ocupadísimo Alexandre Desplat, especialmente inspirado para la ocasión, y, como viene siendo habitual en la obra del director de Life Aquatic, el despliegue de maravillosas miniaturas y la predilección por la animación paso a paso (stop-motion) para acometer algunas de las escenas con efectos visuales, todo un guiño vintage que otorga a la película esa aureola especial y única que respira desde el primer fotograma.

A simple vista, estamos ante una comedia de enredo, salpicada de intriga, sexo y violencia, libremente inspirada en diversos trabajos de Stefan Zweig. Un divertimento que reflexiona con ligereza sobre el paso del tiempo, la eterna búsqueda de los días felices y la inspiración con mayúsculas. No sólo en el arte, sino en  nuestra manera de vivir. Wes Anderson, fiel a su muy personal estilo, parafrasea visualmente el arte de algunos grandes cineastas,  como Charles Chaplin, Max Ophuls, Ernst Lubitsch o Stanley Kubrick, entre otros, filmando para ello su película en tres formatos diferentes que contextualizan las diferentes épocas en las que transcurre la historia. Así, el más prosaico de todos, el 1:1:85, formato standard, el de nuestros televisores panorámicos de hoy en día, sin ir más lejos, es el que utiliza para para el segmento más cercano a  nuestro presente, el de 1985, mientras  que el más espectacular 1:2:35, deudor del Cinemascope, es el que se impone en 1968, época en la que daba sus últimos coletazos el Cinerama. Finalmente, para 1932, almendra central de la narración, Anderson reivindica el primigenio y genuino 1:1:37, más estrecho, vertical y mal llamado cuadrado por algunos expertos, al ser más parecido al de las pantallas de las primeras televisiones.

Ralph Fiennes y Tony Revolori, alma y corazón, respectivamente, de El Gran Hotel Budapest.

Ralph Fiennes y Tony Revolori, alma y corazón, respectivamente, de El Gran Hotel Budapest.

Anderson explota narrativamente esos tres formatos, pero se decanta por el 1:37 y el 2:35, dando forma a su discurso sobre la decadencia y el fin de una época de esplendor. Su película no es un ejercicio de nostalgia, sino una reivindicación de lo bien que se hacían y todavía se pueden hacer las cosas. Es una fiesta del cine, del arte en todas sus formas… o simplemente del buen gusto, pero que evita el amaneramiento y la pedantería, buscando en todo momento entretener al respetable, al que diría no tarda nada en hacer cómplice de semejante experimento. Eso sí, con tal atención al detalle que los más sensibles a semejante despliegue audiovisual acabarán sin duda aquejados de un Síndrome de Stendhal de caballo a la salida del cine.

Wes Anderson es uno de los mejores cineastas activos en este momento. Un autor que no deja de crecer y que ya ha trascendido la dichosa coletilla indie que algunos le adjudicaron tras descubrirlo en sus primeros trabajos (Ladrón que roba a otro ladrón, Academia Rushmore…). No hay obra menor en su filmografía, aunque sus tres últimos largometrajes, en opinión del que esto suscribe, son de lo mejorcito que ha parido nunca el cine norteamericano. Películas personales e innovadoras, trufadas de talento y vitalidad. Genuinas y auténticas obras maestras. Truly.

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Category: Críticas, Galerías

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