El Gran Gatsby: La gran decepción

| 20 agosto, 2013 | 0 Comentarios

Leonardo DiCaprio en El Gran Gatsby

Leonardo DiCaprio en El Gran Gatsby

Decepción. Ese término que hace acto de presencia cuando las expectativas no se cumplen; cuando las esperanzas depositadas en algo o alguien no alcanzan el grado de satisfacción deseado. En cine, eso se traduce en salir echando humo de la sala para exigir la devolución de los ocho euros de la entrada. Y digo ocho euros porque, hoy en día y con los tiempos aciagos que corren, las palomitas y la cocacola son bienes demasiado preciados para el ciudadano de a pie. Pero supongo que no lo serían para Jay Gatsby, un multimillonario cuya vida quiso retratar uno de los grandes escritores de la literatura norteamericana, F. Scott Fitzgerald, y que Baz Lurhmann ha convertido en un film decepcionante para aquellos que no conocen su filmografía y esperan una narración más fiel al libro. Más clásica.

El director australiano siempre se ha caracterizado por empachar al espectador de un derroche cromático que alcanza límites enfermizos. El espectáculo visual es innegable en la obra de Lurhmann, pero Fitzgerald se tiraría de los pelos si viese cómo sus personajes bellamente construidos y el argumento de sus tramas pasan a un segundo plano, dando paso a una función vacía, con mucha pirotecnia que acaba por estallarle en las manos. Su cinta predecesora, dirigida por Jack Clayton en 1974 y protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow, es capaz de actuar como somnífero y adormecer al espectador a base de un aburrimiento agotador. Parece casi increíble que Coppola firmase el guión de aquel tedioso melodrama. Un tostón que sólo guarda un elemento en común con la versión actual: ambas son un desengaño en toda regla.

Carey Mulligan y Tobey Maguire en El gran Gatsby

Carey Mulligan y Tobey Maguire en El gran Gatsby

En la de 2013, Leonardo DiCaprio es de lo poco que se salva de la quema. Un actor hábil para mudar su piel, pues lo hace con pasmosa facilidad encarnando personajes muy diversos y ricos en matices. Queda ya lejos aquella imagen de guaperas que llenaba de fotos las carpetas de las adolescentes. DiCaprio es un actor como la copa de un pino, y el papel del romántico Jay Gatsby le queda como anillo al dedo.

Lástima que no veamos su aparición hasta ya entrada la media hora de metraje. Ahí es cuando realmente se pone en marcha la historia, con una versión de Rhapsody in blue sonando de fondo. Hasta entonces, Lurhmann nos ha presentado la Nueva York de los locos años 20 alejada de la I Guerra Mundial, donde imperan la opulencia, la fiestas de la alta sociedad y la superficialidad. Un terreno que el director aprovecha para coger su paleta y colorear, exageradamente, cada rincón de la casa del protagonista, un acaudalado magnate que vive en un palacio donde organiza unas raves por todo lo alto, dignas de cualquier festival de música electrónica.

Y es la música, precisamente, un elemento anacrónico que chirría como el que más en una película repleta de despropósitos. Los acordes de canciones de Beyoncé (uno de los productores ejecutivos es Jay-Z, qué casualidad) y de otros temas musicales de estilo pop desafinan demasiado en una Nueva York de principios de s.XX. Sabemos que Baz Lurhman ya incluye ese tipo de bandas sonoras en sus anteriores películas (Romeo+Julieta o Moulin Rouge), pero no encaja en su última creación.

Fotograma de El Gran Gastby de Baz Luhrmann

Fotograma de El Gran Gastby de Baz Luhrmann

DiCaprio dota de credibilidad y misterio a su personaje, Gatsby, que se ausenta en las fiestas que él mismo organiza en su propia casa. No se deja ver, y eso envuelve al personaje en una aura enigmática que, por momentos, atrapa al espectador. Tobey Maguire, con la misma expresión de siempre, interpreta a Nick Carraway, vecino del magnate que, inexplicablemente, es invitado a sus juergas. Vemos la historia a través de los inocentes ojos de Maguire, que participa directamente en el relato como primo de Daisy, una joven aristocrática con la que Gatsby mantuvo un romance cinco años atrás y por la que el millonario está dispuesto a perderlo y darlo todo. La fragilidad de Daisy queda bien representada por una Carey Mulligan a la que parece que los papeles de chica frágil e indecisa le van que ni pintados (ya pudimos verla en un personaje muy pasivo en Drive, de Nicolas Winding Refn). Gatsby hace todo lo posible para recuperar el amor de su vida, de ahí que el magnate se comprase una mansión en Long Island, para estar cerca de Daisy. Para que en la fiestas que organizase el millonario pudiese acudir, algún día, la chica cuya relación con él fue interrumpida por la guerra. La amistad que nace entre Gatsby y Carraway es una excusa para que este último (alter ego de Fitzgerald en la novela), pueda volver a conectar al ricachón con su amor perdido.

Si repasamos algunas películas de Lurhmann, hay un ingrediente indispensable que forma parte intrínseca de sus obras: las relaciones imposibles. Parece que el australiano no quiera emprender un proyecto sin esa pieza para sus films. Pero ese componente, que debería ser lo que moviera sus historias desde el inicio hasta el clímax, se diluye por completo ante una inagotable fuente de recursos coloridos y por una espectacularidad vacua de principio a fin.

Caben destacar algunas secuencias en las que se puede entrever el lado más humano de los personajes, donde los actores pueden dar más rienda suelta a su talento. El reencuentro de la pareja en la casa del primo de Daisy, con un DiCaprio al borde del ataque de nervios; o la fuerte discusión en el hotel, cuando Gatsby y la joven confiesan su amor ante el marido de la chica, interpretado por un aceptable Joel Edgerton. Ahí la tensión se puede cortar con una navaja.

Lo demás: un completo sinsentido. Una película hecha para disfrutar en 3D, en la que ha primado exhibir un batiburrillo de ornamentos artificiales que han desviado la atención de la trama principal de la historia. Aunque, tal vez, nunca fue la intención de Lurhmann explicarnos sobre qué trata El Gran Gatsby.

Una decepción.

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Category: Críticas, Galerías

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