‘Dos días en Nueva York': la tribu de Julie Delpy

| 13 febrero, 2013 | 0 Comentarios

Julie Delpy y Chris Rock en un fotograma de 'Dos días en Nueva York'

Julie Delpy y Chris Rock en un fotograma de ‘Dos días en Nueva York

Aunque antes había trabajado con autores como Krzysztof Kieslowski, Jean-Luc Godard o Leos Carax, la popularidad de Julie Delpy está ligada a Antes del amanecer, un filme de Richard Linklater de 1995 sobre dos desconocidos que viven un breve encuentro en Viena que marcará su futuro. El sutil romanticismo de la cinta, muy al gusto de la llamada generación X que despuntaba en aquellos momentos, la convirtió en una obra de culto que ha ganado adeptos con los años. Antes del atardecer, su continuación, superó el éxito de la primera y obtuvo incluso una nominación al Oscar al Mejor Guión para la propia Delpy y Ethan Hawke, su compañero de reparto.

Los aplausos recibidos esta semana por Antes de medianoche, el título que cierra la trilogía, durante su presentación en el Festival de Berlín confirman el calado de una historia que ha tocado la fibra sensible de cierto tipo de espectador a lo largo de tres décadas diferentes. Reconozco que yo no me encuentro entre sus fans, y que nunca conecté con la autocomplaciente intensidad de los personajes interpretados por Delpy y Hawke. Quizás por el mal recuerdo que tengo de ambas experiencias, arrastro muchos prejuicios hacia su actriz protagonista lo que, como podéis imaginar, dificulta mi tarea de valorar objetivamente  Dos días en Nueva York, su último filme como directora. Aun así, intentémoslo.

Cinco años después de Dos días en París, Delpy retoma al personaje de Marion quien ha rehecho su vida junto a su nueva pareja, Mingus (Chris Rock). Los dos, y el hijo de Marion, fruto de su anterior relación con Jack, habitan un apartamento de Nueva York. La paz de su hogar se ve alterada cuando el padre, la hermana y un ex novio de Marion vuelan desde París para pasar unos días en la Gran Manzana junto a ella, una situación que pondrá a prueba su relación. Como en Le Skylab, su anterior trabajo tras las cámaras, Julie Delpy vuelve a recurrir al retrato de una familia disfuncional y extravagante con el fin de que sus neurosis y conflictos aseguren la hilaridad.

Albert Delpy, padre en la  ficción y en la vida real de la directora, y Chris Rock en 'Dos días en NY'

Albert Delpy, padre en la ficción y en la vida real de la directora, y Chris Rock en ‘Dos días en NY’

La sombra de Woody Allen ya planeaba descaradamente sobre Dos días en París, pero en su secuela la presencia del modelo cinematográfico es aún más evidente, con la diferencia de que la cineasta parece haberse contagiado de los peores tics de su maestro. Al igual que en los títulos en los que Allen ha situado sus historias en una ciudad europea, Delpy busca el chiste fácil a base de exagerar los tópicos culturales y el contraste entre su embrutecida familia francesa y la pulcritud de Nueva York, representada por el personaje de Mingus. Frente a unos desinhibidos galos que fuman porros en los ascensores, andan desnudos por casa y desayunan croissants como cerdos en una piara, se encuentran los pacatos americanos con su hipócrita actitud hacia el sexo y su visión profiláctica del mundo. Puede que sea el efecto buscado por Delpy no sea más que reírse de los estereotipos que representa, pero en su sátira a veces se le va tanto la mano que cualquiera diría que estamos viendo un programa de Perdidos en la tribu.

La capacidad de la cineasta para acumular réplicas ingeniosas y mil chistes por secuencia resulta indiscutible, como lo es también su falta de mesura. Delpy juega sobre seguro: con tal cadencia de diálogos chisposos, a la fuerza tiene que salir uno que haga verdadera gracia. Y ya puestos a cubrirse las espaldas, la estructura de cuento con la que se abre y cierra el filme puede servirle de protección contra cualquier crítica por ligereza. Esta vez, no seré yo quien le lleve la contraria a la señora Delpy.

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