Dolor y dinero: Michael Bay se encuentra a sí mismo

| 30 agosto, 2013 | 0 Comentarios

 

Dwayne Johnson, Mark Wahlberg y Anthony Mackie a punto de montarla.

Dwayne Johnson, Mark Wahlberg y Anthony Mackie a punto de montarla.

No deja de ser coherente el que Michael Bay se permita homenajear en su nueva película a Tony Scott . Después de todo, se ambienta en la década de los 90, años dorados del recientemente fallecido autor de Amor a quemarropa. También hay algo de Oliver Stone y no poco de los Coen, que para algo son tan admirados por el director de Armageddon, como demuestra el que para nutrir su reparto de secundarios  suela recurrir a algunos habituales de los creadores de Fargo, como John Turturro, Frances McDormand o Steve Buscemi, ausentes sin embargo en esta ocasión. Tres dispares influencias, casi imposibles de conciliar, que encajan como anillo al dedo en esta comedia negra, la mejor película que haya filmado hasta la fecha el responsable de auténticas pesadillas audiovisuales como Pearl Harbor o, más recientemente, la trilogía de Transformers.

El cine de Michael Bay ha sido siempre la quintaesencia del Hollywood descerebrado. Ruidoso, efectista, excesivo, ajeno a la sutileza y a la mínima profundidad. Eso sí, puntualmente taquillero, si obviamos La isla, ciencia ficción de planteamiento interesante pero desarrollo decepcionante que no convenció ni a público ni a crítica. Tampoco es arriesgado afirmar el daño que ha hecho este señor al cine de acción con películas como Dos policías rebeldes o La Roca, donde dejaba clara su ineptitud para planificar una simple persecución, recurriendo a confusos movimientos de cámara, frenéticos montajes y mucho, mucho, ruido para apabullar al espectador. Pero todo el mundo tiene el mismo derecho a hacer una mala película que una buena. Y parece que ese momento, largamente demorado, ha llegado para regocijo de los que hemos desarrollado cierta alergia a la obra de Bay.

Dwayne Johnson, Mark Wahlberg y Anthony Mackie después de montarla.

Dwayne Johnson, Mark Wahlberg y Anthony Mackie después de montarla.

Dolor y dinero no necesita ser sutil. Nos sumerge en un mundo donde ese concepto no existe. El exceso ha terminado por sacar lo mejor de  Bay. Uno totalmente justificado, porque su materia prima es un descacharrante suceso real protagonizado por unos… putos subnormales, citando textualmente al detective que les sigue la pista, encarnado por un comedido Ed Harris. Tres culturistas de patética existencia que intentan agarrar por la fuerza ese sueño americano que se les escapa una y otra vez. Y su atajo es el crimen. Secuestro y extorsión. Todo ello ejecutado de la manera más burda tras seleccionar como objetivo a un cliente del gimnasio en el que coinciden los tres forzudos. Y su víctima, un empresario egoísta, faltón y megalómano, es tan o más despreciable que ellos mismos. Aquí hay estopa para todos. No estamos ante la Norteamérica ideal de anteriores trabajos de Bay. Estamos delante de su cara más oscura. Y el humor, como de costumbre, es una manera perfecta de encajar semejante panorama.

El guión es uno de los aciertos de Dolor y Dinero, pero no se le puede discutir al director de Transformers su mérito en la dirección de actores. Sacar petróleo del limitadísimo y normalmente mediocre Mark Wahlberg ya tiene mérito, pero que Dwayne Johnson logre la mejor interpretación de su carrera es todavía más espectacular. Hay mucho aquí de la teoría bressoniana del actor modelo. Estos chicos tienen cara de ser poco listos y su director explota al máximo esa particularidad. Y en cuanto a la factura visual, Bay está en su salsa, aunque, como hemos dicho antes, reproduciendo el estilo de esos años 90 donde la horterada era moneda de cambio habitual. El marco perfecto para esta historia que, entre otras cosas, se mofa tanto de los que rinden culto al cuerpo como de los que lo intentan, de un mundo esclavizado por las apariencias, las etiquetas y los clichés de una sociedad de consumo sin autocontrol… uno que lamentablemente sigue tan en boga hoy como entonces. Y que, como ayer, sigue creando monstruos, débiles mentales que no saben discernir entre la realidad y las fantasías de este absurdo envoltorio que hemos creado.

Michael Bay y Mark Wahlberg durante el rodaje de "Dolor y dinero".

Michael Bay y Mark Wahlberg durante el rodaje de “Dolor y dinero”.

No deja de ser irónico que uno de los adalides de esa visión distorsionada, autor de numerosos spots publicitarios y videoclips ambientados en ese universo imposible creado echando mano de modelos, cirugías estéticas, filtros en cámara y efectos visuales, haya parido esta ácida reflexión. Pero claro, qué no habrá visto u oído Bay. Este señor sabe de lo que está hablando. Como un sello inconfundible tras la cámara, tampoco le falta sentido del humor e instinto autoparódico. Y ese saber reírse del mundo que tanto ha ensalzado y tan fielmente ha reproducido en anteriores trabajos, como Dos policías rebeldes o Armageddon, es una de las claves del éxito artístico de Dolor y dinero. Es una mirada de tú a tú. Una comedia negrísima con capacidad de sorpresa, si uno no se ha sumergido aún en los artículos periodísticos que la han inspirado, disponibles por supuesto en la web, y de ritmo endiablado a pesar de sus dos horas y diez minutos de duración, algo que hay que achacar a su tendencia natural a moverse entre la comicidad y el sobresalto propio del thriller, como dicta su esquema argumental extirpado de la página de sucesos.

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Category: Críticas, Destacados

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