‘Django desencadenado’, Tarantino desatado

| 10 enero, 2013 | 0 Comentarios

Jamie Foxx en Django Desencadenado

Jamie Foxx en Django Desencadenado

Django desencadenado es un enorme ejercicio de hedonismo. Da igual que no seas un incondicional de Quentin Tarantino o no te atraigan los spaguetti western, porque el director en su última película está desatado. Hiperbólica, exuberante, violenta y con ramalazos de buen cine. Pero, sobre todo, muy divertida. La mayor virtud del cine de Tarantino es la empatía hacia el público. Se sienta en la butaca del espectador y le complace con su filtro particular, tal como a él le gustaría verlo en pantalla grande.

En Django desencadenado, revisa y homenajea al spaguetti western, tanta veces denostado, bajo su prisma. Tarantino es un fan declarado del género y en su filmografía más de una vez le ha rendido tributo. En Reservoir Dogs, su ópera prima, se inspiró en Django de Sergio Corbucci, -una de sus películas fetiche- para rodar la escena en la que le rebanan la oreja al policía. Kill Bill se puede considerar un western posmoderno y Malditos Bastardos también se puede leer en esa clave aunque se desarrolle en la Segunda Guerra Mundial. Pero en Django desencadenado lo hace de una manera más explícita. Para empezar toma el nombre de uno de los personajes más emblemáticos del subgénero. Decenas de películas interpretadas por varios actores han encarnado a Django. Un personaje siempre movido por la venganza. Con un guion menos retorcido al que el director acostumbra, cuenta la historia de Django un esclavo negro que es liberado por un cazarrecompensas alemán para que le ayude a dar caza a unos forajidos. King Schultz le ve talento al esclavo para el trabajo y le propone ser socios pero el objetivo de Django es liberar a su esposa, esclava en una plantación de algodón de Texas.

Aunque Tarantino se despoja de una historia alambicada, se mantiene fiel a su personalidad. Excelentes diálogos, escenas delirantes, violencia gratuita y mucha sangre. Explota como nadie el sentido del humor. Si en Malditos Bastardos ofreció una lección magistral de cine con su escena inicial, en Django hace algo parecido en la presentación del personaje de King Schultz. En ambos casos explota al máximo las virtudes dramáticas y cómicas de Christoph Waltz que vuelve a dejar una interpretación soberbia. El resto del elenco no le va a la zaga. Samuel L. Jackson está inmenso en su papel de jefe de los esclavos y Leonardo DiCaprio lo clava como cacique sin escrúpulos. Ambos personajes son exagerados y caricaturescos, y los dos actores consiguen darle el tono con naturalidad necesario para convertirse en esos malos de película que siempre se quedan en la memoria del cinéfilo. Don Johnson parece que vive una segunda juventud de la mano de Robert Rodríguez y Tarantino rellenando el reparto pero con cierto. Como anécdota también queda el cameo de Franco Nero, una de las caras más conocidas de las producciones italianas de la época del spaghetti western. Quizá el que está a menor nivel es Jamie Foxx, un poco encorsetado en la piel de héroe hecho y derecho.

Tarantino añade con maestría elementos ajenos al género enriqueciéndolo. Un ejemplo claro es el tema de la esclavitud. Ya sabemos que el director no suele ser muy sutil en sus diálogos. Los ‘nigger’ superan a los ‘fuck’. A su manera, el director denuncia una época de Estados Unidos que provoca sonrojo. Los harapientos protagonistas de los spaguetti western son renovados por un esclavo negro y personajes más refinados con incontinencia verbal.

Puede que Tarantino haya perdido originalidad. Que nadie espere quedar fascinado como ocurrió con Pulp Fiction o Reservoir Dogs. Pero lo que no se le puede negar es la capacidad para sorprender y entretener con sus películas. Mientras sea así, ojalá que no se quede en diez películas como ha anunciado.

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