‘Días de pesca en Patagonia': la vida en 80 minutos

| 13 marzo, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de 'Días de pesca en Patagonia'

Fotograma de ‘Días de pesca en Patagonia

Como los mejores relatos breves y cuentos de la Historia de la literatura, el cine de Carlos Sorin es un prodigio de minimalismo y precisión formal que no necesita de extensos metrajes para dibujar con profundidad y emoción la peripecia de sus personajes. A través de sus historias mínimas, el cineasta ha ido depurando un estilo reconocible donde el humanismo y el humor gélido se dan la mano con cierto poso existencialista. En La ventana y El gato desaparece, sus dos últimos trabajos, Sorin puso sus encuadres perfectamente medidos al servicio de relatos menos luminosos de lo habitual, flirteando con Ingmar Bergman en el primer caso, y con el terror psicológico en el segundo.

Con Días de pesca en Patagonia, Sorin continúa con sus austeras líneas argumentales y esa marca de la casa que ha hecho de él uno de los autores más personales del cine iberoamericano. Sin embargo, a diferencia de sus dos títulos precedentes, Sorin regresa a un terreno algo más esperanzador para la alienación en la que siempre parecen vivir sus personajes.

Marco (Alejandro Adawa) es un comercial quincuagenario que acaba de salir de una cura de desintoxicación para dejar el alcohol. Decidido a aprovechar esta oportunidad para dar un giro a su vida, Marco decide pasar unos días en Puerto Deseado, en la Patagonia, para aprender a pescar tiburones y reencontrarse con su hija, a la que hace más de cinco años que no ve. Concebido como un típico relato de viaje redentor, Días de pesca en Patagonia sigue permanentemente a su personaje principal a través de su ajuste de cuentas con el pasado.

Fotograma de 'Días de pesca en Patagonia' de Carlos Sorin

Fotograma de ‘Días de pesca en Patagonia’ de Carlos Sorin

Tras un rostro de sonrisa afable y unos impecables modales, Marco esconde una persona con cicatrices vitales, un hombre solo en busca del tiempo perdido y del que Carlos Sorin apenas nos irá desvelando datos a medida que avanza su mínima historia. De forma parecida al anciano protagonista de Una historia verdadera de David Lynch, serán los encuentros de Marco con los dispares habitantes que pueblan este pueblo costero de la Patagonia -interpretados por actores no profesionales- y, sobre todo, con su hija lo que permitirá que descubramos poco a poco algo más sobre Marco.

Pero Sorin es un hombre de sutilezas y el drama que atormenta a su personaje no quedará más que sugerido, nunca explicitado, sin que ello suponga que el espectador deje de interesarse o emocionarse finalmente por su destino. Al cineasta le basta la imagen de Marco tumbado en la cama de su hotel mientras contempla el peluche de un perro cantarín para expresar perfectamente lo que siente; y sólo necesita tensar una sola cuerda para ponernos un nudo en la garganta con su emotivo desenlace. Sorin ha vuelto a atraparnos con otra de sus historias de menos de hora y media. A ver si toman nota los responsables de la mayor parte de las películas candidatas al Oscar de este año.

 

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Category: Críticas, Galerías

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