Dallas Buyers Club: La inexplicable transformación de McConaughey

| 14 marzo, 2014 | 0 Comentarios

Septiembre de 1992. A Ron Woodroof le queda un mes de vida. Esa maldita enfermedad que causó graves estragos durante la década de los 80 y principios de los 90 llamada Sida ha mermado su salud, consumiéndolo, llevándolo al borde de la muerte. Pero por aquel entonces, Ron es consciente de que tiene una historia que contar: un doloroso viaje donde acabó descubriéndose a sí mismo como alguien dispuesto a mejorar la vida de quienes se encontraban en su misma situación. Un recorrido marcado por la desgracia de haber contraído una dolencia mortal, un suceso que provocó un cambio radical en su modo de encarar sus últimos días. Una modificación de su personalidad que lo transformó en una persona de ideales nobles, persiguiendo fines justos. Las extraordinarias circunstancias que rodearon los últimos años de la existencia de Ron Woodroof no pasaron desapercibidos para Craig Borten, guionista que a finales del año 92 lo entrevistó durante más de 20 horas, recabando dosis de información altamente valiosas, las cuales han acabado convirtiéndose en el esqueleto del guión de Dallas Buyers Club.

El libreto de la película estuvo dando vueltas durante lustros sin encontrar financiación, y sin hallar al director que pudiese sujetar las riendas del proyecto ni al reparto que pudiese encarnar a los personajes que completarían la historia. Pero, inesperadamente, el rumbo de la situación se alteró cuando el guión llegó a las manos del director canadiense Jean-Marc Vallée. Y sobre todo cuando se propuso a Matthew McConaughey para interpretar al personaje de Woodroof. Ahí fue cuando se dio el pistoletazo de salida. El resultado: la ovación del público, la admiración de la crítica y 3 Oscars.

Jared Leto en una imagen durante su interpretación de Rayon

Jared Leto en una imagen durante su interpretación de Rayon

El relato nos traslada hasta Dallas, con un Matthew McConaughey 23 kilos más delgado, tocado con un sombrero de cowboy y manteniendo relaciones sexuales con dos mujeres en un lugar apartado y oscuro en las instalaciones de un rodeo. Estamos en 1985. El Sida empieza a cebarse contra la comunidad homosexual, pero también se ensaña con los que no utilizan anticonceptivos mientras practican sexo. Y el personaje de McConaughey, Ron Woodroof, es uno de ellos. Electricista de profesión y drogadicto por vocación, el tejano lleva un estilo de vida caracterizado por el sexo desenfrenado y el consumo alarmante de estupefacientes. Un ritmo vital tan desaforado que le provoca una serie de desmayos, por los cuales acaba ingresado en un hospital. Al recuperar la conciencia, los médicos le plantan ante sus narices una noticia devastadora, demasiado increíble para no ponerla en duda: Woodroof es portador del virus VIH. Le quedan, a lo sumo, treinta días de vida. La secuencia, narrada desde la más absoluta crudeza, pone de manifiesto cómo las esperanzas de una persona se evaporan con una simple frase. Momento en el que el público empieza a constatar la tremenda actuación de McConaughey. La incredulidad que lo acompaña durante ese lance y su posterior explosión de rabia contra los médicos revelan las razones que hicieron que levantase la estatuilla dorada en la pasada gala de los Oscar.

Esa escena es la que despertará en el personaje de Woodroof unas ansias desmedidas por vivir, de no sucumbir ante la enfermedad. De esta manera, Ron comienza su particular cruzada contra la FDA, esa agencia gubernamental norteamericana encargada de regular el suministro de alimentos y medicamentos para paliar ciertas enfermedades, entre ellas el Sida. Alejado de los ensayos clínicos que le hubieran permitido experimentar con productos que pretendían contrarrestar las consecuencias del virus, Woodroof empieza a buscar soluciones alternativas para escapar de la muerte. De esta manera, se convierte en un experto traficante ilegal de medicamentos, y funda el Dallas Buyers Club para aquellos enfermos que padecen su misma fatalidad.

Matthew McConaughey y Jared Leto, una pareja de Oscar en Dallas Buyers Club

Matthew McConaughey y Jared Leto, una pareja de Oscar en Dallas Buyers Club

Matthew McConaughey lleva el timón de la historia con una interpretación sobresaliente. Absolutamente entregado al papel, el actor nos hace presenciar un ejemplo contundente de evolución dramática; alguien que en un principio se declaraba abiertamente homófobo, totalmente opuesto a relacionarse con homosexuales, para años más tarde acabar ayudándolos para combatir la enfermedad que comparten. Nos encariñamos con el personaje de Ron Woodroof gracias a una actuación volcánica de McConaughey, que ha sufrido un cambio radical en su carrera, callando las bocas de aquellos que lo tachaban de actor encasillado en comedias románticas (yo mismo me he atragantado con mis propias palabras).

El grandioso trabajo del protagonista de True detective se apoya en otra interpretación de enorme naturalidad que le valió un Oscar a mejor actor de reparto: la de Jared Leto. El actor y cantante, que llevaba seis años apartado de las cámaras, se convierte en un enfermo de Sida travestido, el cual también tuvo que perder mucho peso para enfundarse en la piel de Rayon. Sus rasgos afeminados, la dulzura de su voz y su perfecta mimetización con el prototipo homosexual le han servido para llevarse todos los premios a los que optaba. Las mejores secuencias de la película provienen de la extraña pareja que forman los dos actores. Los momentos en que ambos comparten pantalla es cuando aparecen los mejores diálogos, que a pesar de la tragedia palpable de la historia, están salpicados de tintes cómicos. Y aunque el personaje de Rayon sea invención de los guionistas, representa a las mil maravillas el cambio de perspectiva de Woodroof hacia los homosexuales. Incluso hacia la vida. Y si tenemos que subrayar la gran labor de los actores en esta cinta, también cabe destacar la más que correcta interpretación de una Jennifer Garner que, sin ser santo de mi devoción, actúa como el vértice restante del triángulo. Es la enfermera que aporta el equilibrio necesario entre los personajes de Woodroof y Rayon.

Me quito el sombrero ante una película libre de moralinas, con un guión sincero que durante sus dos horas nos instala de lleno en un despiadado drama personal, el cual ennobleció la vida de alguien que transitaba por caminos embarrados. La película de Jean-Marc Vallée fue la gran sorpresa de los Oscar. Y con razones de peso.

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Category: Críticas, Destacados

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