“Ant-Man”: El increíble hombre menguante

| 23 julio, 2015 | 0 Comentarios

Paul Rudd es Scott Lang, y va a ser el segundo Hombre Hormiga, le guste o no.

Paul Rudd es Scott Lang, y va a ser el segundo Hombre Hormiga, le guste o no.

Que Marvel Studios es hoy una máquina perfectamente engrasada está fuera de toda cuestión. Y lo es, sobre todo, por sus buenas decisiones. Cuando Disney compró este imperio financiero estaba claro que lo que perseguía, más que los cómics que edita todos los meses, era la emergente franquicia cinematográfica que había iniciado en 2008, con Iron Man y El increíble Hulk. Con Kevin Feige como productor y principal arquitecto, el estudio conquistó a muchos aficionados por traer a la gran pantalla, con dignidad y el debido lujo, a los que otros ejecutivos de la competencia consideraba las sobras… o superhéroes marginales.

La verdad sea dicha, tanto Iron Man, como Thor y Capitán América, eran personajes que muchos consideraban inviables e, incluso, ridículos a ojos de algunos “expertos”. Pero una vez demostrado que se equivocaban, y con un éxito como Los Vengadores para reunirlos en una misma película, Marvel Studios quisó ir más allá, dejando claro que no era, en absoluto, un estudio conservador. La ambición de Feige ha sido, en todo momento, construir un verdadero universo de ficción cinematográfico, con decenas de personajes, historias entrecruzadas y cuyas ramificaciones van más allá de nuestro planeta e, incluso, nuestras tres dimensiones tradicionales. Y todo está en los libros, o mejor dicho en los comic-books de Marvel. Así comenzó la apuesta por las creaciones menos conocidas por el público no iniciado en los tebeos. No todo iban a ser taquillazos. ¿O sí?

El brillante teaser poster, que resume a la perfección el tono de la película.

El brillante teaser poster, que resume a la perfección el tono de la película.

Guardianes de la Galaxia fue el primer paso, uno triunfal, por cierto, con un éxito comercial inesperado, y estrenado en 2014 junto a la primera secuela del Capitán América. Este año, tras el segundo episodio de Los Vengadores, llega El Hombre Hormiga, o Ant-Man, que es como Disney ha querido que la apuesta suene menos arriesgada de cara a la taquilla española. Si el filme de James Gunn era una space opera cuya inspiración original se encontraba en el boom galáctico de los años 70, la película de Peyton Reed que ahora nos ocupa mira directamente a un género menos popular para el gran público: la ciencia ficción de los años 50, concretamente un clásico de 1957, El increíble hombre menguante, de Jack Arnold, adaptación de la impactante novela de Richard Matheson, un escritor, por cierto, que dejó una huella imborrable en el género entre los 50 y los 60 gracias a la serie original de Dimensión desconocida (The Twilight Zone).

¿Cómo hacer atractivo a un superhéroe con semejante punto de partida? Convirtiendo el invento en una película de ladrones de guante blanco. Y subrayando el elemento paródico para digerir mejor el salto al vacío que acaba proponiendo Ant-Man. Porque más allá del envoltorio de comedia, y del atraco de turno que desafía lo imposible, el alma de la película número 12 de Marvel Studios, que también supone el cierre de su denominada Fase 2, es el de una vieja película de ciencia ficción de serie B. Y ahí radica la grandeza de esta cinta cuya gestación ha hecho correr ríos de tinta.

La marcha del director Edgar Wright, junto al guionista Joe Cornish, le puso la etiqueta de maldita antes de su estreno. Un fandom dividido, a cara de perro, auguró el primer gran fracaso de Kevin Feige, que parecía ser el principal enemigo de la autoría dentro de esta imparable maquinaria. El director de Zombies Party no quería que su película estuviera conectada visiblemente con el resto de películas de la franquicia, y se negaba a incluir referencias, cameos y personajes ajenos a su concepción inicial. Feige se convertía, de la noche a la mañana, es una especie de David O. Selznick. Películas de productor ha habido y habrá siempre. Y eso no siempre es algo malo, como viene a demostrar este último esfuerzo.

Peyton Reed, cineasta de filmografía desigual, aunque dotado de un estilo visual más sofisticado de la habitual dentro de la comedia hollywoodiense, como demuestran títulos como Abajo el amor o A por todas, heredó el proyecto, que sufrió un par de reescrituras para situar al personaje en el universo cinematográfico de Marvel Studios con unos sorprendentes planes de futuro.

Michael Douglas y Paul Rudd: Hank Pym y Scott Lang, maestro y aprendiz.

Michael Douglas y Paul Rudd: Hank Pym y Scott Lang, maestro y aprendiz.

Sin embargo, la estructura inicial seguía intacta. El argumento reescribe la mitología de los dos primeros hombres hormiga presentados en los tebeos, pero vinculándolos de una manera novedosa gracias al uso de la retrocontinuidad, ejercicio más que habitual en los cómics de los últimos años, y en la línea de Capitán América: El Primer Vengador o la serie (más que recomendable) de Agente Carter (cuya protagonista, Hayley Atwell, también cuenta con su cameo en el filme). Michael Douglas es Hank Pym, un científico que ha evitado a toda costa el uso militar de su mayor invención, que le permite disminuir o aumentar, a su antojo, el tamaño de personas y objetos. Décadas más tarde, al borde del retiro, y cuando su principal discípulo, Darren Cross (encarnado por un eficaz Corey Stoll), no sólo pretende adueñarse de la empresa que creó, sino vender al mejor postor áquel descubrimiento, Pym decide tomar cartas en el asunto y hacerlo desaparecer valiéndose de su mismísima creación.

Para ello, alguien más joven tendrá que volver a enfundarse el traje de Hombre Hormiga. Y será un tipo de mente brillante caído en desgracia por un par de malas decisiones: Scott Lang (Paul Rudd), ratero de poca monta recién salido de la carcel cuyo único objetivo en la vida es trabajar honradamente y poder mejorar las condiciones de visita de su pequeña hija, cuya custodia tiene su ex, casada ahora con un policía (Bobby Cannavale) bastante pendiente de cualquier futuro desliz del sufrido Lang. Sí, esta es también una historia de segundas oportunidades, pero no teman, porque no hay exceso de babas ni moralina, afortunadamente. El tono irreverente está ahí desde el primer minuto. Los protagonistas cuestionan las reglas y hasta recelan de Los Vengadores. La sana autoparodia sigue siendo moneda habitual en este feliz universo de ficción.

Los honrados bandidos de Scott Lang: T.I., Michael Peña y David Dastmalchian.

Los honrados bandidos de Scott Lang: T.I., Michael Peña y David Dastmalchian.

Muchos han alabado el trabajo de Michael Peña en la cinta, que encarna al compañero de correrías de Lang. Sin duda, la vis cómica del protagonista de World Trade Center está fuera de toda cuestión, pero hay que reconocer que algunos de los gags más forzados y menos efectivos de Ant-Man tiene que ver con la banda de honrados bandidos que lidera. Y es cierto que aunque ésta sea una de las principales bazas con las que se está conquistando a la audiencia, resulta bastante vulgar, en comparación, con la brillante caracterización de Douglas y las sorpresas que trae consigo el personaje de su hija, interpretada con acierto por una Evangeline Lilly lejos ya de tropiezos en la Tierra Media, y no sólo como posible interés romántico del protagonista.

Habiendo colocado a los rateros de Lang entre los problemas más visibles, el Hombre Hormiga en persona es el otro: Paul Rudd, aunque esforzado y simpático, no tiene el carisma suficiente para soportar todo el peso de la película sobre sus hombros. Y no es cuestión de tamaño, sino de edad… y presencia. Al salir del cine, uno tiene la sensación de que la verdadera estrella de la función es Michael Douglas. Es obvio cómo el departamento de maquillaje ha hecho lo imposible por hacer más interesante el rostro aniñado de Rudd. Pero ya por guión su personaje es obvio y unidemensional. Podría decirse que estamos ante el verdadero primer desliz de casting de Marvel Studios, tras aciertos como los de Robert Downey Jr. y Chris Evans. Aunque no estamos ante un epic fail como el de Ryan Reynolds en Green Lantern o Ben Affleck como Daredevil.

Evangeline Lilly es Hope Van Dyne... y nació preparada.

Evangeline Lilly es Hope Van Dyne… y nació preparada.

A pesar de todo, los aciertos se imponen a los defectos, y a medida que el filme avanza, las piezas encajan deliciosamente, los personajes se dejan querer y el elemento de ciencia ficción gana la partida finalmente, menteniendo, eso sí, el humor y la acción intactos, en un ejercicio de malabarismo narrativo en el que reside la verdadera clave del éxito artístico y comercial de Ant-Man. Funciona a diferentes niveles, y en todos ellos casi por igual: como nuevo capítulo de una gran saga cinematográfica, como historia autónoma dentro de ese gran proyecto (sin renunciar a las posibilidades argumentales que pone sobre la mesa para futuras entregas)  y como superespectáculo camuflado de modesto entretenimiento veraniego.

El clímax es lo suficientemente excéntrico, frenético y delirante para terminar de convencer a los más escépticos. Y las últimas escenas reivindican, a lo grande y con las posibilidades técnicas que nos brindan los efectos visuales del siglo XXI, lo que Richard Matheson y Jack Arnold planteaban en El increíble hombre menguante. Y ahí está, Marvel Studios ya tiene otra película imprescindible no sólo para amantes de los tebeos y las películas de robos, sino del cine fantástico. No está nada mal para el que iba a ser (y no ha sido) el primer gran fracaso del estudio.

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