‘Amor': con ‘H’ de Haneke

| 8 enero, 2013 | 0 Comentarios

Emmanuelle Riva en Amor

Emmanuelle Riva en Amor

Los títulos de crédito iniciales, con austeras letras blancas sobre fondo negro y sin música, marca de la casa de Haneke, se ven interrumpidos abruptamente por el ruido de una puerta abierta a golpes. Este sobresalto define tanto la historia que veremos a continuación como la propia experiencia del espectador, que a partir de este momento está a merced de un cineasta que siempre entra sin avisar, sin contemplaciones, dispuesto a remover las entrañas de quien tiene la osadía de enfrentarse a una de sus películas. Ver un filme de Michael Haneke siempre es un acto de valor, un ritual casi masoquista del que es fácil salir tocado y en el que algunos siempre reincidimos a pesar de las heridas. ‘Duele, duele, duele’, repite como un mantra Anne, la anciana protagonista de Amor, unas palabras que bien podrían utilizarse como eslogan de esta extraordinaria cinta que se llevó la Palma de Oro del último Festival de Cannes.

Georges (Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva) son dos profesores de música clásica octogenarios que disfrutan de una jubilación tranquila, hasta que ella sufre un ataque que le inmoviliza medio cuerpo. A partir de entonces, Georges, esposo abnegado, se enfrenta al duro trance de ver como al ser que más quiere se le escapa la vida por momentos.

Si en sus anteriores trabajos Haneke radiografió con pasmosa frialdad la decadencia moral del mundo occidental, rayando incluso la misantropía, en esta ocasión el director austriaco retrata la decadencia más inevitable e universal, aquella que nos lleva a la decrepitud física y de la que nadie puede escapar: la muerte. Y lo hace como nos tiene acostumbrados. De frente y sin condescendencia, sin barras a las que agarrarnos. En un momento del filme, Georges se empeña en ocultarle a su hija, interpretada por Isabelle Huppert, el lamentable estado en el que se encuentra su madre. A veces, uno desearía que Haneke hubiese hecho lo mismo con nosotros, pobres testigos de un dolor a veces insoportable y mostrado en planos sostenidos, sin artificios, crudo como el sushi. No en vano, el autor de Funny Games siempre nos lo ha advertido: la vida no es un juego y no tiene nada de divertida.

Sin embargo, esta vez en casa de Haneke encontramos un nuevo invitado, hasta ahora ausente en su filmografía: la emoción. En Amor las ideas pesan menos que los cuerpos y no hay una complicada tesis que sustente una historia simple y cristalina en la que cualquier floritura sobra. Se trata simple y llanamente de dos seres para los que lo que fue, de repente ya no es; dos seres que, siendo amantes de la música clásica, saben perfectamente que todo es cuestión de tiempo: la fugaz felicidad del pasado contra el eterno dolor del presente. Haneke nos acongoja, nos ahoga con una emoción pura extraída a base de precisos encuadres, un tempo perfectamente medido, y sin recurrir a una banda sonora a lo John Williams para subrayar la fuerza de unas imágenes que hablan por sí solas y de unos intérpretes sobresalientes. Al fin y al cabo, sólo se necesitan cuatro letras para escribir la palabra AMOR.

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