’12 años de esclavitud': carne apaleada

| 6 diciembre, 2013 | 0 Comentarios

Fotograma de '12 años de esclavitud'

Fotograma de ’12 años de esclavitud

Episodio vergonzante de la historia de Estados Unidos, la herida de la esclavitud y la humillación sistemática de la población negra sigue supurando y nutriendo al cine americano con una temática que, gracias a la simbólica subida al poder de Barack Obama, parece gozar de un renovado interés. Dos enfoques tan diferentes como el de Lincoln y Django desencadenado convencieron al público y la crítica en la anterior temporada de premios, un éxito del que 12 años de esclavitud ha recogido el testigo con muchas posibilidades de figurar en las próximas nominaciones al Oscar.

Basada en el relato autobiográfico de Solomon Northup, publicado un año antes de La cabaña del tío Tom, la última película de Steve McQueen retrata la terrible odisea de un hombre de color libre neoyorquino, culto y feliz padre de familia, que es secuestrado en 1841 y vendido como esclavo a un propietario de Nueva Orleans. Obligado a trabajar en diferentes plantaciones, Solomon, interpretado por un inmenso Chiwetel Eijofor, pronto descubre que revelar su educación y procedencia, más que ayudarle, podría llevarlo directamente a la tumba. Durante estos doce largos años que dura su cautiverio, Solomon aprende a sobrevivir en medio de la barbarie con un único objetivo: recuperar su dignidad y a su familia.

Esteta del sufrimiento, Steve McQueen encuentra en este nuevo Ulises enfrentado a malvados Polifemos otra ocasión para demostrar su precisión formal a la hora de pintar el dolor de la carne. El cuerpo consumido del preso político en huelga de hambre de Hunger, su primer filme, y las angustiosas eyaculaciones del adicto al sexo de Shame, se sustituyen ahora por la espalda del esclavo abierta por el látigo, exhibida con inusitada crudeza para lo que son los estándares del cine de Hollywood. Con 12 años de esclavitud, McQueen se acomoda sin esfuerzos a una narración más convencional, frenando los, a veces, vacíos excesos plásticos de sus dos anteriores trabajos, pero evitando al mismo tiempo que la estructura clásica del relato anule completamente su personalidad. Como el propio Solomon, en lucha continua para no ver aniquilada su individualidad, el cineasta británico deja su impronta con el uso de sus poco académicos planos sostenidos y cierta frialdad expositiva en algunos pasajes.

Por desgracia, esta solvencia no se traduce en trascendencia. En el momento más brutal de la cinta, el sádico dueño de una plantación que lleva el rostro de Michael Fassbender justifica su crueldad con una frase tan sencilla como reveladora: “No es pecado, porque es mi propiedad”. Esta declaración recoge quizás el mensaje más incómodo y profundo para un espectador americano de un filme que a lo largo de sus más de dos horas ofrece una sucesión de escenas de vejación y violencia física y psicológica que despiertan sin embargo más indignación que reflexión. La esquizofrenia de una nación que no acaba de armonizar lo que dicta su dios bíblico con lo que proclama  el dios capitalista como explicación de la opresión más deshumanizada apenas queda sugerida en una película que opta por la estrategia de choque para levantar conciencias. Los latigazos en la espalda de Patsey, la esclava encarnada por Lupita Nyong’o, el gran descubrimiento del filme, termina siendo lo que permanece en la cabeza del espectador, como una imagen icónica destinada a fijarse más en la memoria fílmica de futuros directores que en la memoria histórica de una nación. Tal vez por ello, a pesar de ser un trabajo modélico, e incluso irreprochable cinematográficamente hablando, no estemos ante la película sobre la esclavitud definitiva, sino ante la que puede que definitivamente se lleve el Oscar. Busquen las diferencias.

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Category: Críticas, Destacados

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